El dulce azote del lenguaje
¿Por qué los negros en Estados Unidos se llaman “afroamericanos”? ¿Por qué los blancos
no se llaman “euroamericanos”? A los blancos se les dice americanos; a los negros,
afroamericanos, que es como decir “casi-
Ninguna palabra es inocente (ya lo sabía Antonio Nebrija en 1492, cuando decía que el lenguaje es el principal compañero del imperio), pero hay algunas que están hinchadas de ideología, como por ejemplo las palabras “libertad”, “democracia”, “justicia”, “liberación”, “progreso”, etc. Usándolas como espadas sagradas, nos permitimos imponer nuestras convicciones aún por la fuerza, como hace casi quinientos años Cortés, Pizarro y tantos otros “adelantados” salvaron a América Latina decapitando, torturando, violando, esclavizando y quemando pueblos enteros como forma de persuasión. Creer que importando e imponiendo un sistema político cambiará automáticamente la realidad de un país es ignorar su cultura y su historia. Bastaría con los repetidos fracasos maquillados de éxitos que tenemos que presenciar cada día en el mundo para darse cuenta de ello. Bastaría con imaginar a China imponiendo un sistema monárquico a Estados Unidos en el 2040, por citar un ejemplo inverso. Para cambiar la cultura de un pueblo por la fuerza se necesitan siglos o décadas de corrupción y violencia, como bien lo demostró la colonización española, la inglesa, la americana… Siglos de violenta narración.
“Seguí mi camino —reportó Hernán Cortés en 1520 en carta al rey Emperador Carlos V— considerando que Dios es sobre natura, y antes que amaneciese di sobre dos pueblos, en que maté mucha gente y no quise quemarles casas por no ser sentidos con los fuegos de las otras poblaciones que estaban muy juntas. Y ya que amanecía di con otro pueblo tan grande que se ha hallado en él, por visitación que yo hice hacer, más de veinte mil casas. Y como las tomé de sobresalto, salían desarmados, y las mujeres y niños desnudos por las calles, y comencé a hacerles algún daño; y viendo que no tenían resistencia vinieron a mí ciertos principales del dicho pueblo a rogarme que no les hiciésemos más mal porque ellos querían ser vasallos de vuestra alteza y mis amigos; y que bien veían que ellos tenían la culpa en no me haber querido servir […] Después de sabida la victoria que Dios nos había querido dar y cómo dejaba aquellos pueblos en paz, hubieron mucho placer” .
Tener una convicción no es malo a priori; todo lo contrario; el problema son los
métodos, como la inocente manipulación ideológica del lenguaje. Cada día asistimos
a la lucha por el significado, desde los “medios de comunicación”, desde los discursos
políticos, religiosos, académicos, etc. Estamos sumergidos en una guerra semiótica
y semántica basada en la asociación arbitraria de conceptos-
El objetivo casi nunca es la verdad, la búsqueda interesada de comprender al otro, de escuchar: el objetivo es ser escuchado, es convencer en nombre de los “verdaderos valores”. Actualmente no existe el diálogo; existen discusiones permanentes, intentos dialécticos de legitimar con símbolos y palabras algo que no depende de los símbolos ni de las palabras. No puedo decir que estamos ante un diálogo de sordos porque los sordos cuando dialogan se entienden.
En ese aspecto nuestro orgulloso tiempo se parece a la Edad Media: por entonces, quien triunfaba por la fuerza de su brazo y de su caballo se atribuía toda la verdad de una disputa dialéctica, ajena al brazo y al caballo. La fuerza no sólo impone su verdad por el miedo y la coacción sino, sobre todo, por la seducción del vencido (luego de masacrados, los mexicanos reconocían llorando ante Cortés que la culpa era de ellos, por resistir a la invasión).
Un hombre pobre nada tiene que enseñarle a un hombre rico sobre cómo hacer fortuna, aunque la fortuna del hombre rico se deba a la lotería o al despojo ajeno. De ahí se sigue que un hombre pobre también es, necesariamente menos sabio y menos inteligente que un hombre rico (razón por la que los presidentes y senadores de una Gran Democracia casi siempre son hombres ricos o amigos de millonarios), con lo cual llegamos a la concusión de que Einstein era un retrasado mental y Sylvester Stallone un genio. Y peor si ese hombre pobre es un habitante del Tercer Mundo —categoría de por sí misma ideológica— que asume y confirma que la riqueza material es riqueza, a secas: espiritual, moral, intelectual, etc.
¿Quién se atrevería a decir que una comunidad indígena que ha tenido la sabiduría de vivir en paz durante siglos es el Primer Mundo? Podríamos decirlo, pero nos rompe los oídos, debido al “buen gusto” que hemos desarrollado escuchando otras frases y otros conceptos prefabricados.
Por qué, de igual forma, llamamos “afroamericanos” a seres humanos europeizados por la cultura y por la violencia de la historia? ¿No es una nueva forma de violencia ideológica que hace suya la misma víctima, que de esa forma se define como periférica, por el color de su piel, al tiempo que cree revindicar una cultura como forma de resistencia y reivindicación? ¿No es esta una clasificación compulsiva que una persona de piel oscura se autoimpone, creyendo de esa forma resistir a una imposición? ¿No es esta clasificación una forma de dominación de una ideología que se pretende superar?
Porque, entiendo, una cosa muy diferente es la cultura afroamericana —indudablemente rica, desde Nicolás Guillén en Cuba hasta los seguidores de Yemanjá en Argentina, desde el Jazz en Chicago y Nueva Orleáns hasta la Samba en Río— y otra cosa muy distinta es clasificar a una persona como “afroamericano” sólo por el color de su piel —como si le hiciéramos un favor.
© Jorge Majfud
The University of Georgia, setiembre 2006.
Mémoire douce de la barbarie:
La prison de Liberté
Mes vieux amis ont toujours ri de ma mémoire quoique, avec les années, ils ont crû en prudence et m’ont gardé leur amitié. Le meilleur sentiment dont je suis redevable envers ma mémoire est la nostalgie. Une profonde nostalgie. D’entre le pire est l’inutile regret.
Les paradoxes du destin ont fait que j’eus à regretter les années de la dictature
militaire dans mon pays; j’eus la malchance de croître et d’abandonner mon enfance
à cette époque. Ce n’est pas à la barbarie que je dois être reconnaissant et qui
paraît, du reste, l’éclairer, si ce n’était par l’illimitée nécessité humaine qui
jamais ne se repose. Une fois, dans une classe de littérature au secondaire, nous
demandions à la professeure pourquoi on ne parlait pas d’Onetti, étant donné qu’il
avait reçu, deux années auparavant, le prix Cervantes d’Espagne, et que, il était
un des classiques d’actualité de notre pays. La réponse, contondante, fut que Juan
Carlos Onetti avait tout reçu de son pays – éducation, renommée, etc. –, et que par
la suite il s’en était allé en exil parler en mal de son propre pays. Il n’est pas
nécessaire de commenter de tels ex abrupto. Seulement on attend de quelqu’un qui
s’est dédié à la littérature une vision moins étroite de l’existence. On suppose
qu’une personne avec cet étrange métier a vécu plusieurs vies et a eu à sentir et
à penser le monde à partir de d’autres prisons. Cependant, il n’en est pas ainsi;
la nécessité n’est pas la simple carence de quelque chose, mais le résultat d’un
long apprentissage, presque toujours basé sur la pratique. Si ce rappel occupe encore
dans sa mémoire quelque espace, peut-
A ce que je vois, c’est qu’il ne serait pas rare que quelqu’un pense, pendant que
je signale que je grandis en des temps de dictature, que je lui suis reconnaissant,
que je lui dois mon éducation et, peu s’en faut, la vie, et que par conséquent, je
devrais lui témoigner quelque reconnaissance. Bien sûr que la réponse est non. Comme
disait Borges – si souvent aveugle, mais non moins si souvent brillant – une personne
naît où elle peut. A moi me revint de naître à un moment historique où la politique
– ou, pour mieux dire, son antithèse: la barbarie – s’infiltrait par les fentes des
portes et des fenêtres, jusqu’à détruire des familles entières. Une de celles-
Je ne peux éviter de rappeler cette nuit noire «la prison de Liberté», là en Uruguay.
Avant, j’avais connu des dépôts moindres à l’occasion de visites que ma famille rendait
à mon grand-
De ces courses en enfer, mon grand-
Je me souviens de la prison de la Liberté à partir d’infinis points de vue. Pour
nous les enfants qui allions là, le long voyage était une promenade, quoique nous
devions toujours nous lever tôt pour ensuite attendre sur le côté d’une route, par
nuits froides et pluvieuses. Attendre, toujours attendre sur la route, dans les terminaux
d’omnibus, aux interminables postes de sécurité, dans les couloirs et les salles
de tripotage. Enfants, nous ne pouvions imaginer que tout ce processus, en plus d’être
épuisant, était humiliant. Cela nous sauvait l’innocence, ou la presque innocence,
parce que je sus toujours ce que signifiait cela: c’était quelque chose dont nous
ne pouvions parler. Des années plus tard, un de mes personnages nomma cette génération:
“la génération du silence”, et je crois qu’il donna ses raisons, en plus de cela.
Ce «silence» signifiait, pour moi, qu’il existait une contradiction tragique entre
le discours officiel et ma propre vie. Dans l’humble école de Tacuarembó dans laquelle
j’étais, cette école qui laissait dégoutter sur nos cahiers les jours de pluie, on
nous parlait de la justice et de l’ordre pacifique qui régnaient sur le pays grâce
aux Soldats de la Patrie. Des années plus tard, à l’école secondaire, on nous répétait
encore que nous vivions en démocratie. Pendant que nous devions écouter et répéter
tout cela sur la place publique, pendant les étés, dans une cuisine rurale de Colonie,
rarement illuminée par une lanterne de mantille, j’écoutais les histoires de personnes
inconnues au sujet d’hommes et de femmes jetés à partir d’avions dans le Rio de la
Plata, un art de la dictature argentine. Quinze années plus tard, ce seraient ces
mêmes confessions, de la part de l’ex-
Si je libère ma mémoire à partir du premier «check point» qui a précédé l’entrée à la monstrueuse prison de Liberté, tout de suite me vient à la conscience des militaires de toutes parts portant des bottes noires, des femmes chargées de bourses, des enfants se plaignant du passage rapide de leurs mères, des malédictions en secret, des invocations à Dieu. Par la suite, un salon ressemblant à une station de train, gris, de tous côtés. Le ciel aussi gris et le plancher humide marqué par les bottes qui allaient et venaient. Un militaire à moustaches taillées et remplissant des formulaires et autorisant les gens à passer. Je ne sais pas pourquoi, il ressemblait à un Videla aux yeux clairs, aux lèvres serrées et à voix de commandement. Par la suite, une petite salle où d’autres militaires tâtaient les visiteurs. Puis, un chemin d’asphalte conduisant à un autre édifice. Une pièce sans fenêtre. Un portrait de José Artigas vêtu en lancier militaire. Plus tu attends, plus tu as envie d’aller aux toilettes et de ne pas pouvoir y aller. Une belle enfant qui me sourit parmi tout ce dégoût. Ses cheveux roux brillaient dans la pénombre de la petite salle. Mais, en ce qui me concerne, ce qui m’avait impressionné, c’était son regard, innocent (cela me revient maintenant), rempli de tendresse. Quelque chose d’improbable dans cet enfer.
A un certain moment, mon grand-
Par la suite les enfants continuèrent par une autre porte et sortirent dans une cour
tendrement équipée de jeux d’enfants. L’oncle était là avec sa grosse moustache et
son éternel sourire. Sa calvitie naissante et ses questions infantiles : “Comment
ça va à l’école ?”. A mon côté, je me souviens de mon frère regardant d’une façon
absorbée mon oncle et mon cousin plus âgé. M., s’éjectant d’un toboggan. Caíto l’attrapait,
le remontait de nouveau et, à travers les cris de joie de M., en venait à lui demander
: “Comment vont les papas?” “Alors, as-
Mais nous, nous n’étions pas là pour cela. Je me rapprochai de l’oncle et lui dis,
à voix très basse, afin que le gardien qui marchait par-
Par la suite, je me souviens de lui de l’autre côté d’une clôture barbelée, marchant
en file indienne avec les autres prisonniers. J’avais envie de pleurer mais me contins.
Mon cousin cria son nom et il fit comme s’il se touchait la nuque en bougeant les
doigts. Je le vis s’éloigner, la tête inclinée vers le sol. L’oncle avait été torturé
avec différentes techniques : ils l’avaient submergé plusieurs fois dans un ruisseau,
traîné dans un champ couvert d’épines. Plus tard je sus que lorsqu’ils lui apportèrent
son épouse elle se tira une balle dans le cœur. Mon frère et moi, ce jour de 1973
ou 1974, étions dans ce camp de Tacuarembó, jouant dans la cour près de la route.
Lorsque nous entendîmes le coup de feu, nous allâmes voir ce qui arrivait. La tante
Marta, que je connaissais à peine, était étendue sur un lit et une tache couvrait
sa poitrine. Par la suite entrèrent des personnes que je ne pus reconnaître à une
aussi grande distance et nous obligèrent à sortir. Mon frère aîné avait six ans et
commença à se demander : “Pourquoi naissons-
–Alors, la tante Marta n’ira pas au ciel?
–Peut-
Il plaisait à un employé de mon père, de jouer avec les rimes, qu’il répétait chaque fois utilisant une seule voyelle :
Estaba la calavera
Sentada en un butaca
Y vino la muerte y le preguntó
Por qué estaba tan flaca? (**)
Lorsqu’elle arriva ici, son visage déformé par tant de «a» me rappelait la mort.
La tante Marta était froide et morte. Plus tard j’eus un rêve qui se répéta souvent.
Je gisais immobile mais conscient dans un sous-
L’oncle Caíto mourut peu de temps après être sortit de prison, en 1983, presque dix années plus tard, lorsqu’il avait 39 ans. Il était malade du cœur. Il mourut pour cette raison ou d’un inexplicable accident de moto, sur un chemin de terre, au milieu de la campagne.
Jorge Majfud
Université de Géorgie
Février 2006
(*) “bête”
(**) Était la tête de mort
Assise sur un fauteuil
Et vint la mort et lui demanda
Pourquoi était-
Traduit de l’Espagnol par : Pierre Trottier, mai 2006
Trois-

artículos y ensayos
Este texto se conserva tal como fue publicado por primera vez en distintos medios de prensa, constando al pie la fecha de su primera publicación.