Los cabellos blancos de un presidente

El pasado lunes por la noche, el presidente de Brasil, Luiz Ignacio Lula da Silva, fue homenajeado por la revista Istoé, que lo eligió Brasileiro do Ano. Significativamente, la revista entregó otras distinciones: IstoÉ Dinheiro e IstoÉ Gente, que puestos en su propio contexto podrían significar dos premios redundantes.

El texto de AFP, repetido por una docena de diarios del continente, dice: “‘Las cosas evolucionan de acuerdo con la cantidad de cabellos blancos y la responsabilidad que uno tiene’, dijo Lula, de 61 años, señalando sus canas en un improvisado discurso”. Y más adelante: “‘Si uno conoce a un izquierdista muy viejo es porque debe estar con problemas’, dijo el presidente arrancando carcajadas y aplausos del público formado por empresarios políticos y artistas”.

En algo llevan razón sus palabras: los viejos izquierdistas como seu Luiz ya no son izquierdistas porque resolvieron sus problemas. No obstante, aunque se refuta a sí mismo, el mensaje fue leído sin ambigüedades por todo un continente y por los hilarantes empresarios: el presidente convertido a la sensatez se refería a los problemas psicológicos e ideológicos de quienes ya no piensan como él. Lo cual constituye la tesis central y el único recurso dialéctico de libros como Manual del perfecto idiota latinoamericano: la mera calificación de las facultades mentales del adversario.

Analicemos brevemente el silogismo planteado.

En la antigüedad, para reclamar respeto se aludían a las blancas barbas. Seu Luiz tiene barba pero el nuevo pudor ideológico le impide aludir a su pasado remanente y al dramático travestismo ideológico que supone el encanecimiento de aquellas barbas, más de una vez en remojo. El antiguo aforismo que pretende recordar y confirmar la sabiduría —política— de los hombres que peinan canas, sólo nos garantiza que dicho discurso proviene de un anciano. En este caso, de un anciano en el poder. En Informe sobre ciegos (1961), Ernesto Sábato decía, por boca de un canalla: “al sustantivo ‘viejito’ inevitablemente anteponen el adjetivo ‘pobre’, como si todos no supiéramos que un sinvergüenza que envejece no por eso deja de ser sinvergüenza, sino que, por el contrario, agudiza sus malos sentimientos con el egoísmo y el rencor que adquiere o incrementa con las canas”.  Canalla, pero irrefutable. Por culpa de este tipo de canallas, un “pobre viejito” como el recientemente fallecido General Augusto Pinochet debió ser cremado para que su tumba —según sus familiares— no se convierta en un santuario de protestas y profanaciones. En India la cremación tiene una finalidad semejante: así se evita la continuación del samsara, la indeseable reencarnación del fallecido.

América Latina posee una larga historia de caudillos que ascienden al poder por la escalera de la izquierda y luego se sostienen aferrándose al pasamano de la derecha. Entre los recursos narrativos más recurrentes del poder de turno ha estado siempre la falsa alternativa del “justo medio”. A las confesiones aplaudidas por los empresarios en San Pablo, el compañero Lula, agora o seu Luiz, agregó que, como en toda conducta humana, lo ideal es el “camino del medio” y el “equilibrio”.

Entre México y Buenos Aires existe una distancia con un inequívoco punto medio. El problema es calcular ese punto medio en un orden político, social, donde se disputan el negro y el oscuro como si fuesen dos opciones radicales. ¿Cuál es el punto medio cuando un niño llora de hambre o ni siquiera tiene fuerzas para llorar? ¿Cuál era el camino del medio cuando Hernán Cortés quemaba ciudades enteras y decapitaba hombres y mujeres indefensas? ¿Cuál era el camino del medio cuando hasta ayer los dictadores militares o caudillos más pequeños en nuestro continente disponían de países enteros como un hacendado dispone de su ganado? ¿Existe un sabio camino del medio entre los violadores de los Derechos Humanos y aquellos radicales que por años reclamaron la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad cuando pensaban que habían recuperado la democracia? ¿Se puede ser medio criminal, medio violador, medio hipócrita? ¿Qué significa equilibrio para una sociedad que produce indistintamente palacios y favelas?

Los dilemas que se usan en política para establecer un equilibrio, un punto medio, casi siempre son falsos; como el juego de regateo en un mercado, que deja contento al cliente que paga de más al lograr un precio algo más bajo que el inicial propuesto por el vendedor. Por supuesto que todos valoramos el equilibrio entre los reclamos y los logros humanos, pero el problema surge cuando tomamos este precepto y lo generalizamos a rajatabla por una razón de conveniencia personal o de clase o de gremio: no es lo mismo un equilibrio entre las posibilidades materiales y el deseo, que el equilibrio entre la justicia y la violación de los derechos.

Cuando el mismo presidente Lula subió al poder con su utópico slogan Fome Zero (Hambre Cero), no estaba proponiendo un camino del medio sino una opción radical. Radical e inexcusable en un país donde el Estado invierte millones para proteger mansiones improductivas mientras las cifras de niños muertos antes de los cinco años es de 35 cada mil, bastante mayor que la de países como Panamá (24 cada mil) o Chile (9 cada mil). El natural fracaso de una propuesta radical como la de Fome Zero no debería significar cambiarse hipócritamente de bando sino morir insistiendo en un derecho humano, irrenunciable, honrosamente radical. En este caso, la derrota ante la realidad no es tan vergonzosa como el discurso ideológico que pretende justificarla con frases dictadas por los constructores y los narradores de esa misma realidad.

Claro, cambiar no es malo. Todo lo contrario. La historia de las posiciones religiosas, científicas, filosóficas y políticas es rica en todo tipo de cambios, con frecuencia cambios dramáticos. En el mundo de las pasiones y del pensamiento estos virajes son comunes y a veces célebres: es el caso de Jean-Paul Sarte o de Mario Vargas Llosa. Del primero, Octavio Paz dijo que tantos cambios afeaban su obra. Del segundo se dijeron cosas peores, quizás porque, al menos hasta ayer, se consideraba que la cultura era un campo de batalla que sirve o se resiste al poder de turno. Renegar o no tomar posición era una forma de traición. En el caso de Ernesto Sábato los cambios y las rupturas han sido dramáticas y abundantes. De forma extraña, todas estas contradicciones filosóficas —para no llamarlas simplemente políticas— se asociaron a una coherencia existencial y, finalmente, a la coherencia, a secas.

Ahora, atribuir los cambios a una mayor sabiduría simplemente es un engaño de las apariencias que peinan canas. Einstein revolucionó las ciencias físicas con veinticinco años. Diez años después, en 1915, logró una de sus últimas proezas intelectuales: la generalización de su Teoría de la Relatividad. Desde entonces hasta que murió en 1955 se pasó toda la vida negando las posibilidades de gran parte de la física cuántica, aquella que tendría más éxito que su frustrada búsqueda de una teoría determinista y unificadora, al mejor estilo de la ciencia del siglo XIX —en lo que respecta al determinismo— y de la filosofía del siglo V a. C., en lo que respecta al precepto epistemológico de la verdad unitaria. Una broma común dice: “Si los padres saben más que los hijos, ¿por qué el padre de Edison no inventó la bombita de luz?”.

Las canas, señor Presidente, pueden significar más experiencia, sí. Pero no garantizan mucho más que eso. Más experiencia puede ser una buena base para la sabiduría o para una de las formas de la estupidez, como lo es la misma creencia de que la experiencia produce ideas. Esta superstición ha sido refutada en todos los laboratorios del mundo pero se mantiene viva gracias al orgullo senil de quienes ya no tienen ideas.

Señor presidente, resulta patético justificar un travestismo ideológico con las ideas del pato Donald al mismo tiempo que se señala sus propias canas como si fuesen las canas de Einstein —ya que no las de Marx—. ¿Qué nuevo acto de fe es necesario para creer en sus nuevas opiniones? ¿Qué nuevo acto de hipocresía es necesario para reírse a carcajadas junto con sus comensales del Gran Empresariado Tercermundista en otro de sus clásicos delirios de grandeza? Dejarse crecer el pelo blanco no ayuda mucho en la comprensión de una ecuación geodésica. Sólo lo asemejaría a usted aún más a Benny Hill.

Sinceramente, señor presidente, no me interesa defender aquella izquierda que lo llevó al poder de su país. Soy demasiado escéptico y probablemente demasiado cínico como para creer en discursos de izquierda, de centro o de derecha. Tal vez me repugne menos la demagogia de un discurso callejero que la hipocresía de una cena con champagne. Pero si vamos a analizar la profundidad de los pensamientos de esa sabiduría encarnada ahora por usted, podríamos comenzar por las siguientes conclusiones: (1) que habitualmente los hombres y mujeres de izquierda se vuelvan viejos y viejas de derecha no garantizan a nadie su sabiduría; rigurosamente, del silogismo planteado sólo se deduce que (2) la derecha está, como cualquier viejito canoso, más cerca del poder y de la muerte que la izquierda. Por lo cual habría que felicitar a los viejitos izquierdistas por su espíritu juvenil.

Jorge Majfud

13 de diciembre de 2006

 

 

The Perversions of a System

When the State Loses its Raison D’Etre

Jorge Majfud

Translated by Bruce Campbell

         One of Mexico’s most popular television programs, Singing for a Dream (Cantando por un sueño, Televisa-Univisión, 2006), also available on cable in the United States to a large audience, consists of the well-known formula of a competition between amateur singers who seek to initiate a successful artistic career.  In principle, there is nothing wrong with this kind of circus fare and we might even say that most of the participants demonstrate special singing talent.  The problem arises when we recognize another common characteristic of our times.  Just as in a similar series where the competitors danced instead of singing, each one does so “for a noble cause,” which is also one of the rules of the game: one needed the prize money in order to pay for the treatment that would restore his father’s eyesight, another so that his paralyzed brother might walk again, another so that his wife’s terrible cancer, covering half her face, could be treated, etc.  The most common cases involve extreme illnesses and part of the entertainment spectacle consists in showing the suffering victim, with the competitor and the audience on the verge of tears as they imagine how good, sensitive and supportive we all are when faced with someone else’s misfortune.  This morbid sadism, camouflaged as teary sensitivity, is consistent with those other contemporary competitions where, instead of the best of a group of five or ten participants, it is instead the worst who is selected – generally using the democratic vote of the audience – and then humiliated by being taken out of the competition.  Like a Miss Universe contest that begins by electing the ugliest of all the women in order to watch her retreat, disillusioned and humiliated under the bright lights and the cameras, until  arriving at the most beautiful of the contestants, at which point  morbid fascination has anesthetized any aesthetic expectation and the coronation no longer possesses the importance it once had.  In the end, it’s the same as always: our capitalism rewards desire but punishes pleasure.

         In principle we might think that the program in question is a way of helping someone who otherwise would receive no help.  In fact this is exactly the argument that is repeated from center stage.  Even accepting this circumstantial truth, we should ask ourselves about the root of the problem.  Why would they “otherwise receive no help”?  Why must a person who lays prostrate in a bed suffering day to day the torture of a terrible illness expose themselves to the audience and hope that their defender might sing better than the others (and that the judges and finally the audience take pity on the victim and at the same time be captivated by the contestant’s voice) in order to be able to survive?  Is this spectacle not comparable to the old and barbarous custom of castrating young singers in order to shape the perfect voice?  Or that other barbaric custom of taking out birds’ eyes with a nail so that they stop singing in their cages?  Paraphrasing Horacio Guaraní, though not without deep scepticism, one would have to recite:

         If the singer falls silent, life is silenced

         because life, life itself is all a song

         if the singer falls silent, all is gone

         all hope, and light and happiness

         the dock workers cross themselves

         who will fight for their wages?

This programming is one of the worst examples of the morbidity promoted by capitalism and of the perversion of the obedient and consumerist masses.  Numbed by the dream of “individual liberty,” we consumers are nothing but that: devourers of products, trained and anesthetized by the same system that produces these Roman-style circuses, where cruelty is not only part of the entertainment spectacle but, even worse, is dressed up as compassion and generosity.  A system that moralizes and teaches that this type of spectacle as well as the final act of charity are proof of surprising and humane good will.  One applauds the generosity and good intentions of the donations that the program and the television channel will make to one or two of the seven victims.  We will not sit in judgement of the good faith of everyone involved; but let’s also not make the mistake of believing that the enterprise and its employees will lose any money on this “noble act,” which pretends to remedy the ethical abyss in the economic system they serve.

Once the singer who competed for a brain operation for his brother wins, the agonizing wife of the loser must resign herself to hearing that somehow, in a manner not established by the rules of the game, they are going to help her too.  So, why the competition?  Why so much suspense?  One might argue that it is necessary in order to raise money.  But this argument is additional proof of the perversion of the system (i.e. late capitalism) and a slap in the face for millions of people who believe themselves to be generous when they vote for one of the contestants, giving hope to one and plunging into despair the other, who takes his cancer home with him when the lights go out, and with them the fleeting memory of the generous consumers.  Like those emails we receive every day with images of someone who appears to suffer from some terrible illness (although it is never clear exactly who they are, or if any of the information can be trusted), appealing to charity to save a life.  Like that army of lepers in India  who showed us their mutilated limbs, covered with open sores, in exchange for a donation – which, by the way, demonstrates that this perversion is older than capitalism, although the latter has added stage lights and melodrama, abundance and hypocrisy.

         Amid all this absurdity we must not only point the finger at a decadent system, but also, and especially, at every State that serves it.  I am familiar with the classic objection: “Why must we always be dependent on the State?  Why must we always expect the State to provide a solution to social and individual problems?”  As far as I am concerned, the ideal would be for societies not to have to rely on any State – nor even to have one at all. At least not that traditional apparatus, a nest of vertical power and corruption, resource for the aristocracy and depository of national apologies.  Nevertheless, I have always been struck by the fact that those who raise this kind of rhetorical question as their only ideological tool tend to be radical partisans of traditional capitalism.  I am struck, I say, not because I believe that capitalism is the worst of all systems, but because I recognize that both communism and capitalism are systems that could not survive without the existence of a central State.  Refering back to the problem posed at the beginning of the essay, why don’t we ask: Why not take recourse to the State in these cases?  If the State is required to guarantee the smooth functioning of the stock markets (for which purpose it incurs astronomical expenses), roads and communication networks, why not require that it take care of a dying man who, through the State’s aid, might enjoy a full life? Most economic activity - from the useless propagation of  cellphone calls inform the spouse that one has returned home and in that instant sticking the key in the front door, from the “minute-to-minute update” on a football game, to the most banal necessities ever invented in history – has as its purpose the development of a sector of the economy and not exactly coming to the aid of those in need.  There is no better proof of that than the inefficient health systems of countries as wealthy as the United States, where a considerable part of the population can spend a hundred dollars a week on clothes for their dogs and three hundred for a visit to the veterinarian, and are offended when one reminds them that south of the Río Grande there are children who spend less in a year.  Because, how is it possible for someone to doubt my sensitivity if I care for a dog as if it were a person?

         How is it possible for a State – any State, in any country – to invest millions of dollars in urban “beautification”, millions more in political propaganda, comparable sums to protect luxury hotels and casinos and not take care of those citizens who are in agony with a terminal illness?  Why should a girl, faced with a bed-ridden life unless she receives a spinal operation or has a cyst removed from her eye, have to turn to raffles, or television programs that publicize her terrible circumstances in order to emotionally motivate potential donors while the States look on impassively, worried more about the insatiable growth of the Gross Domestic Product?  If the State imposes a tax charge in order to pay the salaries of its bureaucrats, its chauffers, its coffee servers and, what is worse, its unelected political appointees, why not raise a little more money in order to save the lives of those who have fallen undeservedly into misfortune?  Why are useless militaries sustained by compulsive tribute and yet to save a child with cancer one must turn either to the generous heart of some good Samaritan or to the Church?

         Dying of cancer or going blind due to some reversible disease is a potential circumstantial misfortune for any individual, but it is a regular and constant fact of life for any society. A government might be excused for not foreseeing an earthquake or the explosion of a damned bomb on a train, but how does one excuse a government and an entire society from attending to those thousands of innocents who predictably fall, year after year, into misfortune through no fault of their own?  How does one forgive a president and his legislators who are watching a gruesome television spectacle where the competition is between a cancer and a tumor, between a paralysis and a blindness, who are satisfied with the good will of their nation because advertisement revenue from commercial products will finance the rehabilitation of one of the afflicted?  Afflictions that the program’s host, with his voice noticeably breaking, must repeat every week in the language of mass entertainment:  “Juan and María are competing for a dream; Juan’s dream is to win so that the tumor destroying his wife’s face can be removed; what a beautiful dream.” The capitalist system isghoulish, but it does have its modesty. Except when it casts aside subtlety and airs a promotional preview for an exhausted public in the middle of the work week saying, with the agitated voice of a soccer announcer and the harangue of a boxing commentator: “Juan left María’s brother with no hope to ever see again, and now he faces Pedro, who competes for his own dream.”

         And notice that they haven’t got the courage to put into the competition a malnourished child, though I assure you such candidates abound in our long-suffering America.  This may be because in that case the prize would be a daily plate of food, and what the entertainment spectacle requires is a $50,000 dollar operation, a real effort capable of revealing the great strength of a people when it comes together for a noble cause.

         It is in moments like these when the over-used word “solidarity” finally runs aground.  Because it is not the solidarity of charity that makes a society virtuous but the solidarity of a system that places a higher priority on the lives of its inhabitants than on the luxury or convenience of so-called economic growth.  Because, as it turns out, economic growth is built on this kind of perverse civic morality, and when we can enjoy that we are so corrupt the only thing we think about is perpetuating, proudly, the vices that have brought us success.

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, junio 2006.

 

 

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John's University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the "Southern Voices" project at www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

 

 

Si l'Amérique latine avait été une entreprise anglaise.

 

Por Jorge Majfud *

Página 12 . Buenos Aires, le 24 Octobre 2006.

 

 

Dans le cadre d'une récente étude à l'Université de Georgia, une étudiante a rencontré une jeune colombienne et a enregistré leur entretien. La jeune femme a retracé son expérience en Angleterre et comment les Anglais souhaitaient connaître la réalité de la Colombie. Après que la fille ait détaillé les problèmes que connaissait son pays, un Anglais a observé le paradoxe selon lequel l'Angleterre étant plus petite et ayant moins de ressources naturelles que la Colombie, celle-ci était beaucoup plus riche. Sa conclusion a été tranchante : "Si l'Angleterre avait administré la Colombie comme une entreprise, aujourd'hui les colombiens seraient beaucoup plus riches".

La jeune fille a ressenti de la gêne, parce que la démonstration prétendait mettre en évidence à quel point nous sommes incapables en Amérique latine. La maturité lucide de la jeune colombienne était évidente au cours de la rencontre, mais sur le moment elle n'avait pas trouvé les mots pour répondre à un fils du vieil empire. La chaleur du moment, le cynisme de cet anglais lui ont empêché de lui rappeler que sur beaucoup d'aspects l'Amérique latine avait été gérée comme une entreprise britannique et que, par conséquent, l'idée non seulement était peu originale mais, en outre, elle faisait partie de la réponse du pourquoi l'Amérique latine elle était tellement pauvre, en admettant que la pauvreté c'est la pénurie de capitaux et non de conscience historique.

D'accord : Les trois cent ans d'une colonisation monopolistique, rétrograde et fréquemment brutale ont pesé lourd sur le continent latino-américain , ce qui a consolidé dans l'esprit de nos peuples une psychologie réfractaire à toute légitimation sociale et politique (Alberto Montaner a appelé à cette caractéristique culturelle "la légitimité suspecte originale du pouvoir"). Après les semi indépendances du 19ème Siècle, non seulement le "progrès" des chemins de fer anglais fut une espèce de cage dorée- aux dires d'Eduardo Galeano -, de camisole de force pour le développement autochtone latino-américain, mais quelque chose de semblable à ce que nous pouvons voir en Afrique : au Mozambique, par exemple, pays qui est étendu de nord vers le sud, les chemins le traversaient d'est en ouest.

L'empire britannique sortait ainsi les richesses de ses colonies centrales en passant au-dessus de la colonie portugaise. En Amérique latine nous pouvons encore voir les réseaux routiers et des chemins de fer confluant toujours vers les ports (d'anciens bastions des colonies espagnoles que les rebelles indigènes considéraient avec une infinie rancœur depuis le haut des montagnes sauvages et que les propriétaires terriens voyaient comme l'aboutissement du progrès possible pour des pays ralentis par mère "nature").

Il est évident que ces observations n'exemptent pas les latino-américains, d'assumer leurs responsabilités propres. Nous sommes conditionnés par une infrastructure économique, mais non déterminés par elle, comme un adulte n'est pas attaché irrémédiablement aux traumatismes de son enfance. Nous devons sûrement faire face en ces jours à d'autres camisoles de force, conditionnements qui nous viennent de dehors et de l'intérieur, à l'inévitable soif d'hégémonie de grandes puissances mondiales qui ne sont pas disposées à des changements stratégiques, d'une part, et de la fréquente culture locale de l'immobilité, d'autre part. En premier lieu, il est nécessaire de perdre l'innocence ; deuxièmement nous avons besoin de courage pour nous autocritiquer, pour nous changer et changer le monde.

* Auteur uruguayen et professeur de littérature latino-américaine à l'Université de Géorgie, Etats Unis. Auteur, entre autres livres, de "La reina de América" et de "La narración de lo invisible".

Traduction pour El Correo de : Estelle et Carlos Debiasi

 

Español - Francés

 

 

Des boucliers humains et plus d’effets collatéraux

Par Jorge Majfud

 

Lundi passé le 17 (juillet 2006), à une élégante table, le président Bush se croyant dans l’intimité, dit à Tony Blair lequel arborait une cravate rosée, émoussée, propre et anglaise : «What they need to do is get Syria to get Hezbollah to stop doing this sh…, and it’s over » (Ce qu’ils ont à faire c’est d’obliger la Syrie pour qu’elle dise au Hezbollah d’arrêter cette merde, et vite). On se référait au nouveau conflit, bombardement, massacre, absurde entre Israël et le Liban, ou entre Israël et le Hezbollah – ce point n’est pas clair. Le journal anglais Daily Mirror, se scandalisant, titula : « Bush, commence par respecter notre ministre ».

En 1941, Erich Fromm psychanalysait (dans La peur de la liberté) que l’or équivalait à la merde, et la rétention de cette dernière chez l’enfant préfigurait le caractère du capitalisme. A partir de ce point de vue de la critique historique, le président des États-unis, en quelque chose a raison : cela est une merde. Oh, nous ne somme pas aussi fins; quoique les toilettes aient des robinets d’or, la civilisation encore se languit sur ses cloaques.

Mais allons au but. J’ai toujours défendu le droit d’Israël à se défendre. Je n’ai jamais hésité à publier un essai, ou quoique ce soit, signalant les contradictions et la maladie morale de l’anti-sémitisme. Et je continuerai à le faire parce que, de quelque façon, je ne peux transiger, en quelque chose je suis intolérant : au-dessus de quelconque secte, au-dessus de quelconque arbitraire division, au-dessus de quelconque médiocre et arrogant fanatisme, racisme, sexisme, classicisme, au-dessus de quelconque sentiment de supériorité de noblesse héréditaire, l’humanité est une seule, une seule race. Une race toujours malade, mais c’est la seule que nous avons et à laquelle nous ne pouvons cesser d’appartenir, quoique souvent nous enviions la vie plus franche des chiens…

Malgré tout cela, je ne pourrai jamais justifier le massacre d’un seul innocent et encore moins de centaines, sous l’argument qu’à travers eux se trouve quelque terroriste. Cette dialectique maintenant est un disque rayé, pendant que les victimes, prises au hasard, sont presque en totalité les innocents, la masse, les anonymes, qu’ils soient arabes ou juifs, irakiens ou américains, macuas ou macondes. Chaque fois que meure un chef rival, bien sûr, on s’en sert afin de justifier le succès de toute cette horreur.

Celui qui met une bombe et tue dix, cent personnes est un monstre, un terroriste. Mais tuer cent innocents avec des bombes plus « intelligentes », au loin et à partir d’en haut : peut-être en résulte-t-il une prouesse du Droit International et du Progrès pour la Paix? Les terroristes sont des criminels parce qu’ils utilisent des boucliers humains; et les autres leaders (que je ne sais comment les nommer) : ne sont-ils pas également des criminels à bombarder ces « boucliers » comme s’ils étaient des murailles de pierres et non de chair innocente d’un peuple? Parce que si nous disons que ces enfants, ces jeunes, ces personnes âgées et ces femmes, qu’ils ne sont même pas « innocents », nous sommes alors aussi malades que les terroristes. Avec une touche d’hypocrisie, bien sûr.

Maintenant que pouvons-nous espérer d’un peuple bombardé? L’amour du prochain? De la Compréhension? Bien plus : pourrons-nous espérer un minimum de rationalité de quelqu’un qui a perdu sa famille éclatée sous une bombe, même si c’est une bombe chargée du Droit, de la Justice et de la Morale? Nous ne pouvons espérer ce miracle d’aucune des deux parties. La différence est – nous le supposons – que pour un terroriste aucun type de rationalité et de compréhension de l’autre partie ne l’intéresse, pendant qu’il nous faudrait supposer que l’autre partie fasse appel à cette faculté humaine, sinon comme valeur éthique au moins comme stratégie de survie, ou de convivialité, ou de certaines de ces choses nobles que nous entendons toujours dans les discours. Cette carence de la rationalité face à la haine humaine est un triomphe de la terreur. Ceux qui la créent ou l’alimentent sont responsables, peu importe qui a commencé.

Afin que notre pessimisme soit complet, chaque escalade de violence sans discrimination dans le monde est la meilleure mise en garde et la plus parfaite excuse pour que d’autre noctambules comprennent le message : mieux vaut un suspect bien armé qu’un innocent sans arme. Comme ces politiciens « démocratiques » qui obtiennent l’obéissance aveugle de leurs partisans sur la base de la peur de l’adversaire, les terroristes au pouvoir aussi obtiennent de leurs partisans cette semence de la haine. La haine est le venin le plus démocratique dans lequel agonise l’humanité; nous nous doutons qu’il sera impossible de l’extirper de notre espèce mais aussi nous savons que, malgré son discrédit post-moderne, seule la rationalité est capable de la contrôler à l’intérieur des réduits infernaux du subconscient individuel et collectif.

Le président des États-unis s’est plaint que Kofi Annan, le secrétaire général des Nations Unies, était partisan d’un cessez-le-feu immédiat. « Je crois que cela est suffisant afin de régler le problème ». Non, bien sûr. Quand une mesure fut-elle suffisante pour résoudre les tueries dans le monde? Mais cesser de tuer est quelque chose, non? Ou considériez-vous que deux cent personnes tuées en une semaine soit à peine un détail? Serait-ce seulement un détail si la moitié de ceux-ci parlaient anglais?

En 1896, Angel Gavinet, dans son livre Idearium espagnol, observa avec scepticisme et amertume : « Une armée qui lutte avec des armes de grande portée, avec des mitrailleuses à tirs rapides et des canons de gros calibres, quoiqu’elle laisse le champ parsemé de cadavres, est une armée glorieuse; et si les cadavres sont de race noire, alors on dit qu’il n’y en a pas tant. Un soldat qui lutte au corps à corps et qui tue son ennemi d’un coup de baïonnette, commence à nous paraître brutal; un homme vêtu en civil, qui se bat et tue, nous apparaît un assassin. Nous ne nous arrêtons pas sur le fait. Nous nous arrêtons sur l’apparence. »

Ma thèse a toujours été la suivante : ce n’est pas vrai que l’histoire toujours se répète; elle se répète toujours. Ce qui ne se répète pas ce sont les apparences. Ma première observation non plus n’a pas changée : la violence sans discrimination non seulement sème la mort mais, ce qui est encore pire —la haine.

 

Jorge Majfud

 

juillet 2006, Université de Géorgie

 

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, juillet 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

 

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artículos y ensayos

Este texto se conserva tal como fue publicado por primera vez en distintos medios de prensa, constando al pie la fecha de su primera publicación.