La desunión latinoamericana
Uno de los países más poblados del mundo y con una de las mayores economías de América
Latina, México, tiene el cuarenta por ciento de su población viviendo en la pobreza
y a casi la totalidad sufriendo altos índices de violencia. Para que nuestra tristeza
sea completa, esta no es una excepción en nuestro vasto y ya viejo continente. Es
cierto, en Estados Unidos también hay pobres. Un sector importante de la población
está categorizada de esa forma, por lo cual debe resignarse a vivir en casas amplias
pero sin flores en los jardines, con aire acondicionado pero sin hispanos que le
laven los vidrios y le aspiren la alfombra, comiendo en exceso hasta reventar y matando
las horas en un monótono shopping center, comprando artículos inútiles y bebiendo
Coca-
Pongamos por un momento estas observaciones en el contexto político actual mexicano. ¿Cómo se explica que el oficialismo, los conservadores, hayan ganado las recientes elecciones en México? No me interesa ahora una estéril y repetida discusión política, basadas en pensamientos reducidos a frases del tipo: “porque mi partido es la mejor opción para el progreso del país”. Por el contrario, no vamos a juzgar el valor político; atendamos un momento a los factores psicológicos y culturales.
Un razonamiento muy simple podría llevarnos a pensar que alguien que vive en la pobreza no debería ser conservadora ni debería apoyar a un representante de la clase alta, a no ser por un acto de fe que, con orgullo, lo explica todo sin rebajarse al indigno recurso de la argumentación. Se podría decir que aquellos “representantes” defienden, a la larga, los intereses de esos pobres. Pero ¿cuáles intereses? ¿Quién tiene algo para perder ante un cambio, las clases altas o los pobres de siempre? Al menos que la propuesta del cambio sea la eliminación de la pobreza usando el recurso de la exterminación en masa. Puedo entender que un país como Estados Unidos vote por una orientación conservadora de su política —aunque le sea perjudicial a largo plazo—, pero ¿por qué un país con altos índices de pobreza y de violencia premia a sus dirigentes con la voluntad del voto? Al menos que sea una voluntad prestada, una esperanza vendida, una creencia calculada. Es cierto que el nuevo gobierno fue elegido con el 36 por ciento de esas “voluntades”, pero no deja de ser representativo y legítimo según las reglas de juego.
Creo que nos acercaremos al centro del problema si seguimos por la observación de la conducta partidaria de los inmigrantes.
Durante el gobierno del presidente conservador Vicente Fox emigraron de México cuatro millones personas —de trabajadores. “Emigrar” es, en este caso, un eufemismo. Digamos que fueron expulsados por un sistema social y económico y atraídos por otro, al precio de poner en riesgo sus vidas, sometiéndose pasivamente a la humillación y resignándose a la ilegalidad. Si bien podemos suponer que estos desterrados se encuentran viviendo mejor hoy que donde estaban ayer en México y que, además, ayudan a sus familias y al mismo país que los expulsó —y lo hacen con amor, con nostalgia y sin resentimientos, por si fuera poca nobleza—, nada de esto habrá sido gracias a la gestión del presidente Fox ni de su partido. ¿Deberían estar agradecidos a su gobierno por sugerirles la brillante idea de emigrar como delincuentes?
Sin embargo, casi el 60 por ciento de los votos que enviaron los mexicanos desde Estados Unidos fue para el candidato oficialista, mientras algo más del 30 por ciento fue para el opositor. En un sistema de elecciones nacionales, donde por tradición en casi todo el mundo la población se divide automáticamente en dos mitades o las mayorías se resuelven por el dos o el cuatro por ciento, treinta puntos es una exageración significativa. ¿Cómo se entiende esta paradoja? Muy fácil. Como ya previmos en otro ensayo, antes de que se instaurara el nuevo sistema de votos desde el exterior —con sus teóricas virtudes, no hay por qué negarlo—, debido a las circunstancias, en la práctica sólo sería la legitimación de otra injusticia. De once millones de mexicanos que viven en Estados Unidos sólo cuarenta mil votaron. ¿Por apatía tal vez? Razones para la apatía y el desinterés no debieron faltarles. Sin embargo los motivos fueron otros más materiales, del todo previsibles: los ilegales no pueden votar, ya que para ello se requiere documentación, y la mayoría no la tiene ni podría renovarla; o no se animó a acudir a las autoridades. Sólo una clase privilegiada pudo ejercer ese derecho. Y lo digo sin pasar juicios ideológicos; también yo pertenezco a esa clase privilegiada, aunque de otra nacionalidad; no por razones económicas sino por los privilegios de una educación formal que me salvó de haber caído en la ilegalidad por el imperio de la necesidad. Pero una cosa es ser privilegiado en algún aspecto y otra es hacerse el tonto. El hecho concreto es que sólo los legales, los que por una razón u otra pertenecen a esta clase privilegiada, casi siempre coincidiendo con privilegios económicos originados en sus países de origen, estaban habilitados para votar. Y lo hicieron según una “conducta de clase”.
Muchos habrán observado —más de una vez, aunque no sea la regla general— cómo muchos latinoamericanos y muchos mexicanos en particular rechazan la llegada de sus propios compatriotas desheredados, aquellos que no pudieron estudiar en el extranjero ni tienen una visa especial ni han llegado en limousine a la residencia por carecer del privilegio —tantas veces sospechoso— de una abultada cuenta bancaria. Muchos hispanos se quejan de la “mala imagen” que les pegan los ilegales, sin pensar que ni trabajar es vergonzoso ni son los inmigrantes ilegales los que tienen los mayores índices de delincuencia, según estudios serios. Como si les hicieran competencia o fuesen los culpables de la mala imagen de sus países en el exterior. O como aquellos otros que sólo ven virtudes en sus propias comarcas, modelos a imitar. (Alguna vez alguien de Centroamérica dijo en una reunión a la que tuve el gusto de asistir, que el problema del idioma español era que los sudamericanos lo hablaban mal.)
Es aquí, entiendo, donde radica gran parte del problema: la cultura de la división, el espíritu fraccionado del pueblo latinoamericano, la conspiración de la competencia sectaria.
Toda cultura tiene sus tabúes; unos son fórmulas que nos protegen como cuerpo social —como por ejemplo, el antiguo tabú del incesto o aquel otro no tan respetado que proscribe codiciar la mujer del prójimo— mientras otros sólo son fórmulas ideológicas, anacronismos o simplemente taras colectivas. Un tabú anacrónico e inmovilizante es el de la unión de los pueblos latinoamericanos. Si bien como utopía podría ser un motor válido, como tabú es una máscara que nos impide ver el presente. En los medios de comunicación y en las reuniones entre conocidos internacionales, indefectiblemente se hace gala y alarde de esta unión, de la Patria Grande, de la “identidad común” que tenemos todos los hispanos, etc. Que tenemos muchas cosas en común es algo que nadie discute; pero lo que tenemos en común tantas veces nos separa más de lo que creemos. En casos, esta unión bien puede ser una esperanza, un anhelo; en muchos, me temo, es simple formulismo social, un discurso políticamente correcto.
No obstante este anhelo, utopía o simple formulismo, cualquier pequeño roce provoca el sangrado de la herida. La sensibilidad y el resentimiento entre nacionalidades están al final de cualquier pequeña diferencia, de cualquier sobremesa o de cualquier diferendo internacional. Viejos y nuevos resentimientos entre hermanos, pero resentimientos al fin: peruanos con chilenos, chilenos con bolivianos, brasileños con argentinos, argentinos con uruguayos y uruguayos con brasileños, colombianos con venezolanos, nicaragüenses con ticos y ticos con panameños, dominicanos con boricuas y boricuas con cubanos, cubanos con mexicanos, cubanos con cubanos de aquí y con cubanos de allá. Incluso en la diáspora cubana en Estados Unidos, ideológicamente monolítica, existen grandes divisiones de fondo: los exiliados de los ‘60, representantes de la clase alta de La Habana, no son los mismos cubanos de los ’80, los llamados “marielitos”, ni estos ni aquellos son los mismos que los balseros de los ’90. No hace mucho una cubana rechazaba a su futuro yerno porque era negro y en el calor de la discusión quiso insultarlo llamándolo “balsero”. Esta pobre mujer olvidaba así que ella misma había salido de Cuba en balsa, lo que demuestra, una vez más, que el lenguaje está cargado de prejuicios e ideologías, que no nos pertenecen exclusivamente como individuos ni expresan limpiamente nuestros pensamientos —ni nuestros pensamientos suelen ser nuestros.
Tampoco tenemos el consuelo de la historia. Desde el génesis utópico de la Patria Grande, de Bolívar, Artigas y San Martín, el destino de América Latina comenzó a mostrarles este rasgo de división a la misma generación de libertadores. Todos nuestros héroes fundadores murieron fracasados, amargados y en el exilio. Cada tanto resurge un Enrique Rodó (nacido de la reacción española del siglo XIX ante la tradición del fracaso), un José Vasconcellos (de la reacción ante el nuevo poder anglosajón), un Eduardo Galeano (de la reacción ante toda la historia europea en América), quienes encarnan el sueño latinoamericanista de la Unión. Pero quizás este sueño es tal porque en la realidad y en el mismo subconsciente de nuestros pueblos vive la fuerza de un destino contrario. La misma historia se repite en ese enorme pueblo hispano de Estados Unidos, que siempre existió pero que ahora es percibido como fenómeno y como amenaza, incluso por los mismos hispanos.
Aparte de la división horizontal que ha llevado a una fragmentación geográfica con
un discurso unionista, sobrevive aún una semifeudal división vertical. Si en todos
los países del mundo existen clases sociales, en ninguna región del mundo —salvo
donde aún sobreviven los vestigios del sistema de castas y estamentos— las diferencias
sociales son tan dramáticas como en América Latina; y en ninguna otra región es más
difícil escapar de un destino social heredado por nacimiento, a no ser por recurso
de los mismos vicios que sostienen la vieja estructura político-
Ahora, ¿quiere decir todo esto que no hay salida al pesimismo y la resignación? ¿La Unión latinoamericana no es posible?
Sí es posible; y, como bien decía el insoportable Unamuno, el pesimismo que protesta no es tal pesimismo. Claro, no será posible la unión sobre la continuidad de todas nuestras tradiciones. Doscientos años de soledad es suficiente. Una unión como la quiso Bolívar ya no sería una utopía sino un anacronismo. Una unión política, ideológica, ha sido siempre el atajo más corto pero nunca ha conducido a nada más que al principio. Si echamos una mirada a la historia, veremos que la política tradicional sólo nos ha llevado a confirmar la desunión. También las uniones regionales (Mercosur, Comunidad Andina, etc.) han estado basadas en la misma retórica histórica, pero han carecido del espíritu de unión necesario, lo que se refleja con la conmoción vertebral producida por el simple estornudo de cualquiera de las partes. El “espíritu de partido”, casi siempre enarbolado por el ego (unionista) de algún caudillo de turno, lo ha arruinado todo. Incluso la esperanza. Y si decimos que la culpa de la desunión la tuvo el capitalismo industrial anglosajón —teoría en parte irrefutable—, con más razones, entonces, para revertir la desunión, proceda de donde proceda, de adentro o de afuera, creando una mentalidad progresista —en el sentido civilizatorio— que corte los lazos con un pasado paralizante.
Liberarse de la memoria es la mejor forma de recordar. El primer paso, entiendo, es comenzar reconociendo nuestra crónica y endémica tendencia al egoísmo, a la fracción, al “espíritu de partido”, al nacionalismo provinciano, al tiempo que proclamamos lo contrario. Nuestra visión de la realidad la transforma. Si veo gigantes en lugar de molinos de viento, levantaré ejércitos y murallas acordes a la realidad que me rodea. Un pueblo se hace según cómo se ve a sí mismo: lo que es, es también producto de lo que se imagina o se representa. El alma de un pueblo se construye con las necesidades materiales que lo rodean y lo limitan, pero también se refleja en sus propias obras que lo liberan. El siguiente paso es la rebeldía ante el miedo paralizante, el despojo de las corazas ideológicas, siempre al servicio de diversas minorías. Luego, conectar el discurso con la acción como imperativo moral —ejercicio para el cual todos somos naturalmente débiles. Finalmente, luego de avanzada la unión latina —o simultáneamente— debemos aprender que el “otro” es también la humanidad y no simplemente nuestros verdugos.
© Jorge Majfud
The University of Georgia, julio 2006.
Des boucliers humains et plus d’effets collatéraux
Par Jorge Majfud
Lundi passé le 17 (juillet 2006), à une élégante table, le président Bush se croyant dans l’intimité, dit à Tony Blair lequel arborait une cravate rosée, émoussée, propre et anglaise : «What they need to do is get Syria to get Hezbollah to stop doing this sh…, and it’s over » (Ce qu’ils ont à faire c’est d’obliger la Syrie pour qu’elle dise au Hezbollah d’arrêter cette merde, et vite). On se référait au nouveau conflit, bombardement, massacre, absurde entre Israël et le Liban, ou entre Israël et le Hezbollah – ce point n’est pas clair. Le journal anglais Daily Mirror, se scandalisant, titula : « Bush, commence par respecter notre ministre ».
En 1941, Erich Fromm psychanalysait (dans La peur de la liberté) que l’or équivalait
à la merde, et la rétention de cette dernière chez l’enfant préfigurait le caractère
du capitalisme. A partir de ce point de vue de la critique historique, le président
des États-
Mais allons au but. J’ai toujours défendu le droit d’Israël à se défendre. Je n’ai
jamais hésité à publier un essai, ou quoique ce soit, signalant les contradictions
et la maladie morale de l’anti-
Malgré tout cela, je ne pourrai jamais justifier le massacre d’un seul innocent et encore moins de centaines, sous l’argument qu’à travers eux se trouve quelque terroriste. Cette dialectique maintenant est un disque rayé, pendant que les victimes, prises au hasard, sont presque en totalité les innocents, la masse, les anonymes, qu’ils soient arabes ou juifs, irakiens ou américains, macuas ou macondes. Chaque fois que meure un chef rival, bien sûr, on s’en sert afin de justifier le succès de toute cette horreur.
Celui qui met une bombe et tue dix, cent personnes est un monstre, un terroriste.
Mais tuer cent innocents avec des bombes plus « intelligentes », au loin et à partir
d’en haut : peut-
Maintenant que pouvons-
Afin que notre pessimisme soit complet, chaque escalade de violence sans discrimination
dans le monde est la meilleure mise en garde et la plus parfaite excuse pour que
d’autre noctambules comprennent le message : mieux vaut un suspect bien armé qu’un
innocent sans arme. Comme ces politiciens « démocratiques » qui obtiennent l’obéissance
aveugle de leurs partisans sur la base de la peur de l’adversaire, les terroristes
au pouvoir aussi obtiennent de leurs partisans cette semence de la haine. La haine
est le venin le plus démocratique dans lequel agonise l’humanité; nous nous doutons
qu’il sera impossible de l’extirper de notre espèce mais aussi nous savons que, malgré
son discrédit post-
Le président des États-
En 1896, Angel Gavinet, dans son livre Idearium espagnol, observa avec scepticisme et amertume : « Une armée qui lutte avec des armes de grande portée, avec des mitrailleuses à tirs rapides et des canons de gros calibres, quoiqu’elle laisse le champ parsemé de cadavres, est une armée glorieuse; et si les cadavres sont de race noire, alors on dit qu’il n’y en a pas tant. Un soldat qui lutte au corps à corps et qui tue son ennemi d’un coup de baïonnette, commence à nous paraître brutal; un homme vêtu en civil, qui se bat et tue, nous apparaît un assassin. Nous ne nous arrêtons pas sur le fait. Nous nous arrêtons sur l’apparence. »
Ma thèse a toujours été la suivante : ce n’est pas vrai que l’histoire toujours se répète; elle se répète toujours. Ce qui ne se répète pas ce sont les apparences. Ma première observation non plus n’a pas changée : la violence sans discrimination non seulement sème la mort mais, ce qui est encore pire —la haine.
© Jorge Majfud
juillet 2006, Université de Géorgie
Traduit de l’espagnol par :
Pierre Trottier, juillet 2006
Trois-

artículos y ensayos
Este texto se conserva tal como fue publicado por primera vez en distintos medios de prensa, constando al pie la fecha de su primera publicación.