Diario de motocicleta y los rebeldes de nuestro tiempo
En 1773, el falso “indio neto”, Concolorcolvo, realizó junto con Don Alonso un viaje por Sudamérica, iniciado en el Río de la Plata y culminado en Perú. No sólo el recorrido geográfico es semejante al realizado casi dos siglos después por Ernesto Guevara y Alberto Grandos sino también la pretendida legitimación intelectual de la crónica y el rechazo de la historización libresca de Europa. En su diario de viaje, Concolorcorvo anotó que los criollos sabían más de la historia europea que de la suya propia, tópico que reaparecerá en Diarios de motocicleta en el mismo espacio mítico: Perú. Pero si la ideología del falso inca victimizaba a los abnegados conquistadores y difamaba a los salvajes habitantes de estas tierras, el punto de vista del nuevo mártir latinoamericano debía ser el opuesto. Como nos dice Joseph Campbell (en El héroe de las mil caras), el héroe mítico debe hacer un viaje de iniciación, descender al infierno antes de la iluminación. En un lenguaje latinoamericanista, esto significa concientização. Una vez obtenida, procede la comunicación del Hombre Nuevo y finalmente su sacrificio. El mito es más que la realidad y menos también. Mircea Eliade (en El mito del eterno retorno) nos recuerda su naturaleza oral, es decir, alejada de las complejidades del texto escrito y del tiempo histórico, lineal. Todo mito, luego de alcanzado su arquetipo, se mantiene invariable, funcional a un determinado conocimiento que se supone inmanente a todo ser humano, más allá de su tiempo y de su contexto.
En Diarios de motocicleta el mismo texto fílmico incluye, al inicio, una autoreferencia
a otro par célebre y desigual (necesariamente desigual, entiendo, porque se trata,
además, de héroes dialécticos): Don Quijote y Sancho Panza. La identificación de
La poderosa con Rocinante —ambos son nombres paradójicos— pretende completar la composición
mítico-
Como la independencia de América Latina nunca aconteció, era natural el surgimiento de una figura redentora y es natural su sobrevivencia mítica. Más profundo aún que la ideología que encarnó como ideal supremo, era la necesidad del mesías que rescataría a un pueblo largamente oprimido, empantanado, como pocos, en su propio pasado, bajo la doble tentación de matar al opresor o dejarse seducir por él hasta los límites de las “relaciones carnales” (sic Carlos Menem). Ahora, si bien el Che Guevara histórico es mucho más que un arquetipo, es sólo éste, el arquetipo mítico, el que aparece en el subtexto de Diarios de motocicleta —y en los consumidores de “rebeldes” anglosajones—, recreado desde sus propias debilidades humanas. Pese a todo, el mito del Che Guevara no puede alcanzar la categoría absoluta de los mitos antiguos. Se lo impiden la enorme cantidad de documentos escritos y una mentalidad moderna proclive a la duda crítica. Por otro lado, se lo facilita una cultura ultramoderna: habiendo renunciado a su principal vocación, la revolución, nuestro tiempo se ha decidido por la iconolatría y la mitologización de la historia, por un pensamiento basado en lenguajes —en sistemas independientes de juegos, como el informático—, no en ideas que busquen la comprensión global de cada una de sus partes. Sumergida en un mar de textos digitales, la mentalidad ultramoderna se descansa en la micronarrativa de la publicidad, en la imagen simbólica y en el slogan, simplificador y repetitivo. El nuevo fetiche lleva la marca de su propio tiempo: el consumo estético y la antidialéctica publicitaria. Para ésta, más allá de cualquier narrativa está el mensaje directo, fragmentario. No hay relación entre un evento y el próximo, lo cual no es entendido como un defecto sino como una virtud. (Es nuestra etapa de autismo social e histórico, propia de una transición.) Pero para que cada evento entre en el círculo del consumo, debe adecuarse a los parámetros desproblematizadores. El arte abandona sus pretensiones de cambiar las expectativas de los consumidores y se especializa en satisfacer esas mismas expectativas, según una cultura hegemónica mayor que se caracteriza por su práctica mitómana. Es decir, la obra de arte —en este caso Diarios de motocicleta— debe alejarse de lo “políticamente incorrecto” lo cual incluye, también, confirmar un perfil de rebeldía, de individualidad del héroe. Así se forja el paradigma del rebelde integrado, para el cual la rebeldía consiste en cambiarse el color de pelo y ponerse aros en la lengua para “expresarse a sí mismo”. De la misma forma, también el héroe o el intelectual apocalíptico se transforma en un lubricante de la gran maquinaria, en lubricante complaciente de la masa.
Ambas carencias y virtudes del mito moderno afectan a la película Diarios de motocicleta:
si no hay mito absoluto, sino mito problemático, tampoco una reconstrucción del mito
tradicional puede estar a salvo de los extremos de la crítica. Toda obra de arte
posee un componente político y al mismo tiempo es más que política; pero en ocasiones
esta dimensión es tan gravitante que resulta tan artificial excluirla de un análisis
de la obra como describir la sonrisa de la Gioconda sin considerar algún tipo de
emoción en el referente. A ello sumemos que, como ocurre en casi todo el cine cubano
desde la Revolución, el texto más importante no está explícito en la obra misma,
en la narración fílmica, sino en su propio contexto. Es decir, es lo que podríamos
llamar una obra de arte histórica. A diferencia de Edipo Rey (obra de arte mitológica),
para la cual el contexto es irrelevante o apenas anecdótico. Excluir el contexto
político-
En Diarios de Motocicleta la hibridez consiste en unir estos dos polos, en partes desiguales. El héroe revolucionario, pasada la amenaza histórica, no se convierte en pieza de museo sino en algo más inofensivo: es integrado. Pero para su digestión, antes debe ser pasterizado hasta lograr un carácter opuesto al Che Guevara histórico. También el mito pierde sus aristas filosas (políticas, por ejemplo); se convierte en producto de consumo: rápido, fácil, desechable. Si en apariencia vence la ética del rebelde, en definitiva triunfa su propia neutralización como elemento problemático, ya que no hay un compromiso material del neorebelde sino su propia complacencia simbólica. La ética del rebelde es neutralizada con la estética hegemónica.
En otro plano, entiendo que no es la emotividad de la película, como ha anotado profusamente la crítica, su punto más débil. Después de Bertolt Brecht pareciera que es casi imposible reconocer en el arte de catarsis algún mérito. Después del gran Nietzsche y del no tan grande Ortega y Gasset, la masa ha pasado a ser la receptora de todo el desprecio de la inteligencia culta. Mercado y espíritu son antagónicos, como la cantidad lo es a la calidad; por lo tanto, según esta escuela, pueblo y profundidad deben serlo también. Pero el arte no es nada sin las emociones y éstas no son propiedad de una elite de intelectuales (menos de intelectuales inconmovibles). Por otro lado, para este tipo de complejos, es más fácil el rechazo que la apología, ya que en la primera el crítico se coloca a sí mismo en un plano superior a la obra en cuestión y en el segundo renuncia al privilegio. La crítica se ha mofado del “sentimentalismo” de Diarios de motocicleta, lo cual es característico de cualquier comentarista que se ubique en el plano de privilegio por el solo hecho de sonreírse: llorar, emocionarse, es de seres inferiores, generalmente femeninos y con poca penetración crítica. Por las dudas, hay que mofarse de las emociones. Pero si esta película logra emocionar es por mérito propio, más aún si lo hace en momentos de cierta cursilería. Ahora, si esta inocencia es el motivo de la emoción de un grupo social, deberíamos reconocer que nuestro juicio debe ser relativo a los objetivos de una obra de arte. También Shakespeare hace llorar con un amor cursi y romántico como el de Romeo y Julieta. (Hoy en día, otros genios hacen llorar con amores más sofisticados; pero más bien se trata de un llanto intelectual.)
Podemos anotar, entonces, que los mayores defectos de esta película están, no en su capacidad de emocionar a un grupo social x, sino en su incapacidad de sostener la emoción en un grupo social y —asumido como superior al grupo social x—, interrumpiéndola con momentos de inverosímil inocencia de su protagonista. Desde este punto de vista (y), Diarios de Motocicleta falla en varios momentos, de forma progresiva hasta alcanzar un final muy inferior a cualquier expectativa. Si la historia no podía incluir el momento trágico de su muerte —lo que hubiese completado el canon clásico, para un grupo social x— al menos se pudo haber dejado abierto el final con un verdadero cambio psicológico en el protagonista. Un viaje y una concientización merecen, al menos, un bildungsroman.
Sin embargo, Diarios de Motocicleta se sostiene por un metatexto infinito: sin él,
la película sería el road movie de un ocioso señorito de la clase media burguesa
de Buenos Aires. Nada en ella nos muestra a un hombre excepcional, sino todo lo contrario.
Incluso, si por un lado se pretende resaltar la honestidad original del protagonista,
sus facultades intelectuales están permanentemente puestas en duda. El discurso “latinoamericanista”
que atrapa la atención de Alberto y del resto de las personas en medio de su fiesta
de cumpleaños, en el leprosario de San Pablo, es más propio de Cantinflas que de
un futuro mito de la política mundial. El final es totalmente decepcionante. La despedida
de Ernesto y Alberto en un aeropuerto de Venezuela es patética. Hay que imaginarse
a un Che Guevara confesando, con una gran dificultad de expresión oral, que el viaje
lo había cambiado. ¿No se trataba, precisamente, de eso? Pero el protagonista debe
decirlo porque la película fracasa al mostrar ese cambio. Tampoco era necesario que
comentara, como si ni él se lo creyese: “Tantas injusticias, ¿no?...” seguido de
unos puntos suspensivos que revelan la carencia de lo que más proliferaba en el Che
Guevara histórico, en el héroe dialéctico: su verborragia, aunque a veces desprolija;
su creatividad literaria condensada en aforismos, luego convertidos en refranes populares
o en muletillas del propio Jean-
Finalmente, anotemos que la canción de Jorge Drexler, ganadora del primer Oscar a
la música para una canción en español, no forma parte de la emotividad de la narración.
Esta asociación, música-
© Jorge Majfud
Athens, diciembre 2005
Diarios de motocicleta. Dir. Walter Salles. Brasil, 2004.Dur.: 115 min.
Journal de motocyclette
Jorge Majfud
Université de Géorgie
Traduit de l’espagnol par :
Pierre Trottier, janvier 2006
Trois-
Journal de motocyclette (film), Réalisateur Walter Salles. Brésil 2004, durée : 115 minutes.
En 1773, le faux «indien archétypal» Concolorcolvo, réalisa, joint à Don Alonso,
un voyage en Amérique du Sud, qui débuta par le Rio de la Plata pour se terminer
au Pérou. Non seulement le parcours géographique réalisé il y a deux siècles est
semblable à celui entreprit par Ernesto Guevara et Alberto Granados mais aussi est
semblable la prétendue légitimation intellectuelle et le rejet de «l’historisation»
livresque européenne. Dans son journal de voyage, Concolorcolvo nota que les créoles
en savaient plus sur l’histoire européenne que sur leur propre histoire, cliché qui
réapparaîtra dans Journal de motocyclette, cliché du même espace mythique : le Pérou.
Mais si l’idéologie du faux inca victimisait les dévoués “conquistadors” et diffamait
les sauvages habitants de ces terres, le point de vue du nouveau martyr latino-
Dans Journal de motocyclette, ce même texte filmique inclut, au commencement, une
auto-
Comme l’indépendance de l’Amérique Latine ne fut jamais réalisée, l’apparition d’une
figure rédemptrice allait de soi, et sa survivance aussi. Plus profonde encore que
l’idéologie qu’elle incarna comme idéal suprême était la nécessité du messie qui
rachèterait un peuple longuement opprimé, embourbé comme peu d’autres, dans son passé,
sous la double tentation de tuer l’oppresseur ou de se laisser séduire par lui jusqu’aux
limites des «relations charnelles» (sic. Carlos Menem). Maintenant, encore que le
Che Guevara est beaucoup plus qu’un archétype, c’est seulement lui, l’archétype mythique,
celui qui apparaît dans les sous-
Les deux, les carences et les vertus du mythe moderne affectent le film. Journal
de motocyclette : s’il n’y a pas de mythe absolu, sinon de mythe problématique, une
reconstruction du mythe traditionnel non plus ne peut être à l’abri des sujets de
la critique. Toute œuvre d’art possède une composante politique, et en même temps,
est plus que politique ; mais, en certaines occasions, cette dimension est si gravitante
qu’il devient si artificiel de l’exclure de l’analyse de l’œuvre comme de décrire
le sourire de la Joconde sans considérer quelque type d’émotion dans le référent.
A cela nous ajoutons que, comme cela arrive dans presque tout le cinéma cubain depuis
la Révolution, le texte le plus important n’est pas explicite dans l’œuvre elle-
Dans Journal de motocyclette, l’hybridité consiste à unir ces deux pôles, en parties
inégaux. Le héros révolutionnaire, passée la menace historique, ne se convertit pas
en une pièce de musée mais en quelque chose de plus inoffensif : il est intégré.
Et pour sa digestion, il doit être pasteurisé jusqu’à obtenir un caractère opposé
à celui du Che Guevara historique. Ainsi, le mythe perd ses artistes aiguisés (politiques,
par exemple) ; il se convertit en produit de consommation : rapide, facile, jetable.
Si, en apparence, vainc l’éthique du rebelle, en définitive triomphe sa propre neutralisation
comme élément problématique, puisqu’il n’y a pas de compromis matériel du néo-
Sur un autre plan, je comprends que ce n’est pas l’émotivité du film, comme l’a noté
abondamment la critique, son point le plus faible. A la suite de Bertolt Brecht,
il paraîtrait que c’est presque impossible de reconnaître dans l’art de catharsis
quelque mérite. A la suite du grand Nietzsche et du non moins grand Ortega y Gasset,
la masse est devenue la réceptrice du mépris de l’intelligence culte. Marché et esprit
sont antagoniques, comme la quantité l’est de la qualité ; pour le moment, selon
cette école, le peuple et la profondeur doivent l’être aussi. Mais l’art n’est rien
sans les émotions, et ces dernières ne sont pas la propriété d’une élite d’intellectuels
(encore moins d’intellectuels inébranlables). D’un autre côté, pour ce type de complexes,
le rejet est plus facile que l’apologie, puisque dans le premier cas le critique
se met lui-
Nous pouvons noter, alors, que les plus grands défauts de ce film sont, non dans sa capacité d’émouvoir un groupe social x, mais dans l’incapacité à soutenir l’émotion chez un groupe social y – assumé comme supérieur au groupe social x – l’interrompant par des moments d’invraisemblable innocence de son protagoniste. A partir de ce point de vue (y), Journal de motocyclette échoue à plusieurs moments, de façon progressive, jusqu’à atteindre un final très inférieur à quelque attente. Si l’histoire ne pouvait inclure le moment tragique de sa mort –ce qui eut complété le canon classique, pour un groupe social x– au moins on a pu laissé ouvert le final avec un véritable changement psychologique chez le protagoniste. Un voyage et une conscientisation méritent, à tout le moins, un «bildungsroman».
Cependant, Journal de motocyclette se soutient par un méta texte infini : sans lui,
le film serait un «road movie» d’un oisif petit monsieur de la classe moyenne bourgeoise
de Buenos Aires. Rien en cela nous montre un homme exceptionnel, mais tout le contraire.
Même, si d’un côté on prétend faire ressortir l’honnêteté originale du protagoniste,
ses facultés intellectuelles sont mises en doute d’une façon permanente. Le discours
«latino-
Finalement, notons que la chanson de Jorge Drexler, gagnante du premier Oscar consacré
à la musique pour une chanson en espagnol, ne prend pas part à l’émotivité de la
narration. Cette association musique-
© Jorge Majfud
Athens, décembre 2005

artículos y ensayos
Este texto se conserva tal como fue publicado por primera vez en distintos medios de prensa, constando al pie la fecha de su primera publicación.