Hacia dónde vamos?

 

El siglo XX fue un siglo pesimista. Tanto que todavía hoy no se concibe un pensamiento serio sin una fuerte dosis de amargura. La realidad da suficiente motivos, pero una perspectiva histórica tal vez no. Incluso la demagogia política —de izquierda y de derecha— ha pasado de la utopía de un mundo perfecto al discurso de la salvación desesperada del caos. Y este discurso, como siempre, es la principal arma de dominación que han inventado hasta ahora las sectas que se atrincheran en palacio. Sin embargo, aunque las sectas renuevan cada tanto sus estrategias, día a día, siglo tras siglo van perdiendo poder. Poco a poco los pueblos —y con ellos los individuos— van reclamando y arrebatando lo que les pertenece.

Mientras el hemisferio desarrollado abusa de una nueva estrategia reaccionaria, América Latina, después de siglos de pesimismo pasivo y autocondoliente, da ciertas señales de renovación. Pero no por sus tradicionales revueltas que, aunque justificadas, no ayudan en este proceso sino que lo aplazan en beneficio de la reacción. La desobediencia más efectiva es serena, creativa y sin ambigüedades.

Veamos la dinámica histórica de este fenómeno.

América Latina no se independizó de España por las nuevas ideas que se embanderaron después sino por los intereses políticos y económicos de las clases criollas dominantes. Por estos mismos intereses se fragmentó más tarde y se justificó con nuevos exacerbados nacionalismos. Cuando luego se extendió el derecho del voto a sectores antes marginados de la sociedad, tampoco fue por humanismo sino por conveniencia: era la nueva forma de perpetuar la dominación de clase. Al poner la decisión en manos de un pueblo semianalfabeto se pudo conservar la antigua estructura de poder, amenazada por las nuevas corrientes de pensamiento del siglo XIX.  Así, los electores creyeron que su mejor decisión era dejar que los antiguos caudillos decidieran por ellos. Luego se universalizó la educación primaria como forma de disciplinar obreros y expandir la producción industrial y así confirmar el predominio de la naciente clase burguesa. Las ideas feministas que existían desde siglos atrás (bastaría con recordar a la mexicana Sor Juana), se universalizaron hasta hacerlas “políticamente correctas”. Fue la mejor forma de confirmar el capitalismo tardío que necesitaba nuevas fuerzas productivas de bajo costo —y nuevos consumidores—, especialmente en el primer mundo. Mientras fueron inconvenientes, también las prédicas humanistas contra la esclavitud fueron combatidas y burladas durante siglos. De pronto la bandera del pirata es reemplazada con la humana bandera del antiesclavismo. Una nueva forma de confirmar un poder en crecimiento: Inglaterra, la mayor traficante de africanos se convierte, al mismo tiempo que su revolución industrial necesita asalariados y no esclavos, en el imperio líder de los derechos humanos, contra la agrícola España y a favor de la abolición de la esclavitud.

La lista de ejemplos sobre las renovadas estrategias de cada statu quo es mucho más larga, interminable. Pero no nos detengamos aquí. Observemos que todas las concesiones estratégicas del poder del momento, de los intereses sectarios, terminaron un día por convertirse en reivindicaciones irreversibles: el derecho —también humanista— a la autonomía y la auto determinación de los pueblos; el derecho al voto universal; las conquistas feministas; las reivindicaciones raciales y sexuales de todo tipo se vieron confirmadas desde la periferia. La vocación de dominación de unos grupos sobre otros, de unos países sobre otros, permanece y cambia de estrategias. Pero de igual forma la conciencia y la acción de los grupos marginales u oprimidos entran en la escena de la historia con mayor fuerza. El factor común: la liberación —esa que producía escándalo a un aristócrata como Ortega y Gasset; esa “rebelión de las masas” que acabaría por “destruir a Occidente”.

Podemos observar que este proceso de desobediencia arranca a finales de la Edad Media. La imprenta se inventa después de la revalorización de la cultura humanística. La copia y producción de manuscritos se acelera antes de la invención de la imprenta e, incluso, antes de la caída de Constantinopla y de la emigración de los profesores griegos a Italia. Muchos críticos de la antigua autoridad política, eclesiástica e intelectual eran sacerdotes católicos —aún antes de la crítica protestante— que todavía copiaban y leían manuscritos; o europeos que habían retomado los viajes por la cultura islámica, donde aún sobrevivía el paradigma de razón contra autoridad.

¿Fue la imprenta la que impulsó la liberación del lector o esta corriente libertadora y universalista precipitó el invento? ¿Fue la imprenta el resultado de una genial inspiración de Gutenberg, o fue la consecuencia inevitable de una necesidad histórica? Lo mismo podríamos decir de Internet: ¿revolucionó este invento el mundo o la humanidad iba camino a su descubrimiento? Al igual que los libros de bolsillo, Internet nace provocado por intereses militares, pero se revela y se universaliza con resultados bastante diferentes. Nuestro presente humano depende más de nuestro futuro que de nuestro pasado. ¿Por qué negamos la misma dinámica a la historia y la asimilamos a las leyes físicas de causa y efecto, donde el presente es simple y pura consecuencia del pasado?

Es una falsedad pensar que el pensamiento es algo que surge de la cabeza de un hombre o de una mujer. Cada hombre, cada mujer es un nodo histórico, es decir, es el punto de confluencia de un pasado, de un contexto insondable, que a su vez se convierte en un punto de divergencia que alcanzará a otros hombres, a otras mujeres. Pero también, ¿no será nuestro presente la síntesis de ese enorme pasado histórico —a veces oculto, casi siempre contradictorio— y de nuestras fantasías colectivas?

También los peores representantes de una de las más fructíferas corrientes del pensamiento moderno, el existencialismo, negaron la humanidad como una abstracción absurda. Uno de los más arbitrarios, Unamuno, quien solía confundir la exaltación con los argumentos, la verdad con sus convicciones propias, un golpe en la mesa con la virtud epistemológica, la celebridad con la razón, decía que en lugar de la sospechosa idea de “humanidad” era mejor hablar de “hombre de carne y hueso”, como si la idea de “hombre” no fuese menos sospechosa y la de “carne y hueso” no estuviese presente también en un cadáver, vivo o muerto. Sin embargo, asumir que existe un individuo independiente de un grupo insondable de vivos y muertos llamado Humanidad, no es menos abstracción. Con  el defecto de ser una abstracción refutable: ¿quién puede decir que sus ideas son suyas, que sus prejuicios, valores, cosmogonías son absolutamente obras de su originalidad individual? ¿Qué es un individuo sino una particularidad de una realidad mayor —la humanidad, la comunidad, la familia—, sin la cual ni siquiera podría definirse como “individuo”?

Recientemente un buen amigo (a quien las normas de este país me impiden nombrar directamente), me decía que la idea marxista de una sociedad sin clases era una utopía inútil. Sí, una utopía. Pero no tan inútil. Si bien podemos advertir hoy las abismales diferencias entre un rico y un pobre, desde una perspectiva histórica, podemos decir que entre la sociedad feudal de Francia, la estamental de España o en la esclavista americana del siglo XVIII y la Francia, la España o el Uruguay de hoy existen diferencias notables. También las reivindicaciones feministas son harto más antiguas que el marxismo, pero fueron los teóricos marxistas, empezando por el mismo Marx, los partidarios más visibles de los derechos de la mujer en el siglo XIX. Muchas de las conquistas laborales de los obreros de hoy en día, que no se limitan sólo a los trabajadores industriales, fueron impulsados en gran medida por aquella corriente de pensamiento y no, precisamente, por los llamados “Papas infalibles” o por los empresarios que tenían bajo su mando hombres y mujeres trabajando catorce horas al día hasta que en pocos años reventaban de tuberculosis en nombre de la Revolución Industrial. Recordaba el boliviano Alcides Arguedas en Pueblo enfermo (1909), un informe del norteamericano M. Sisson: “Los trabajadores de las minas de Potosí sólo viven cerca de diez años, porque trabajan treinta y seis horas seguidas; esto lo hacen voluntariamente; sólo descansan a pequeños intervalos y beben demasiado, con mucha frecuencia”. Tal vez uno de los mayores méritos del pensamiento marxista no fue sólo una defensa de ese explotado, sino, sobre todo, la deconstrucción ideológica de las “explotaciones voluntarias”.

Todavía el miedo usurpa el lugar de la esperanza; el patetismo medieval del anciano domina aún sobre el espíritu joven de la renovación y de la aventura. Pero no es verdad: la civilización no está en manos de ningún gobierno ni de ninguna secta salvadora. A nuestros padres no le debemos obediencia sino respeto; no les debemos la vida porque la vida no tiene dueño. Mucho menos le debemos el mundo a quienes lo han hecho a su medida y se resisten a cambiarlo aún después de muertos.

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, 18 de noviembre de 2006

 

Where We Are Headed

 

Jorge Majfud

The University of Georgia

 

The 20th century was a pessimistic century.  So much so that even today a serious thought is inconveivable without a strong dose of bitterness.  Reality offers sufficient cause for this, but an historical perspective perhaps less so.  Even political demogoguery – on the right and on the left – has shifted from the utopia of the perfect world to the discourse of a desperate salvation from chaos.  And this discourse, as always, is the principal weapon of domination invented by the sects hunkered down in the palace.  Nevertheless, even though the sects renovate from time to time their strategies, day after day, century after century, they gradually lose power.  Little by little, nations – and with them individuals – continue to lay claim to and take back what belongs to them.

While the hemisphere of developed nations exploits a new reactionary strategy, Latin America, after centuries of passive and self-pitying pessimism, shows signs of renewal.  But not through its traditional revolts which, although justified, do not aid in this process but instead defer it in favor of the reaction.  The most effective disobedience is serene, creative and unambiguous.

Let's take a look at the historical dynamic of this phenomenon.

Latin America did not become independent from Spain through the new ideas championed afterward, but rather because of the economic and political interests of the dominant Creole classes.  As a result of these same interests the region later fragmented, and then justified this with exaggerated nationalisms.  And it was convenience rather than humanism that resulted in the subsequent extension of the right to vote to previously marginalized sectors of society: it was the new way of perpetuating class rule.  By placing the decision in the hands of a semi-literate people, the old power structure, threatened by the new currents of thought of the 19th century, could be preserved.  Thus, the electors believed that their best decision was to allow the old caudillos to make decisions for them.  Then primary education was universalized as a way of disciplining workers and expanding industrial production, and thereby confirming the predominance of the nascent bourgeois class.  Feminist ideas which had existed for centuries (one has only to recall the Mexican Sor Juana), were universalized to the point of making them "politically correct."  It was the best way to support late capitalism's need for new, low cost forces of production – as well as new consumers – especially in the First World.   As long as they were inconvenient, humanist sermons against slavery were mocked and beaten back for centuries.  Then suddenly the pirate flag is replaced with the humane banner of anti-slavery.  A new way of confirming a growing power: England, the largest trafficker in Africans, becomes, at the very moment its industrial revolution needs wage workers and not slaves, the imperial human rights leader, against the agrarian Spain and in favor of the abolition of slavery.

The list of examples involving renovated strategies of the status quo is much longer, interminable in fact.  But let's not stop here. We should note that all of governing power's strategic concessions of the moment, concessions made by sectarian interests, eventually became irreversible claims on power: the right – also a humanist one – to autonomy and to popular self-determination; the right of universal suffrage; feminist gains; all kinds of racial and sexual claims saw themselves confirmed from the margins.  The vocation that some groups have of dominating others, that some countries have of dominating others, endures and changes strategies.  But at the same time the consciousness and action of marginal or oppressed groups enter the stage of history with greater force.  The common factor: liberation – of the sort that scandalized an aristocrat like Ortega y Gasset; that "rebellion of the masses" that he believed would wind up "destroying the West."

We might observe that this process of disobedience starts up toward the end of the Middle Ages.  The printing press is invented following the new appreciation for humanistic culture.  The copying of manuscripts accelerates  prior to the invention of the press, and even prior to the fall of Constantinople and the emigration of Greek educators to Italy.   Many critics of ancient political, intellectual and ecclesiastical authority were Catholic priests – even before Protestant criticism – who still copied and read manuscripts; or Europeans who had taken up journies through Islamic culture, where the paradigm of reason against authority still lived on.

Was it the printing press that propelled the reader's liberation, or was it this latter liberating trend that precipitated the invention?  Was the press the product of Gutenberg's inspired genius, or was it the inevitable consequence of historical necessity?  We might ask the same of the Internet: did this invention revolutionize the world, or was humanity on the road to its discovery?  Just like the paperback book, the Internet was born from military interests, but is unveiled and universalized with decidedly different results.  Why do we deny the same dynamic for history in general and assimilate it instead to the physical laws of cause and effect, where the present is, pure and simple, a consequence of the past?

It is a falsehood to think that thinking is something that arises from the head of an individual man or woman.  Every man, every woman is an historical node, which is to say, a point of confluence of a past history, of an unfathomable context, that in turn becomes a point of divergence which will affect other men, other women.  But then, is our present not the synthesis of that enormous historical past – at times hidden, almost always contradictory – and of our collective fantasies?

The worst representatives of one of the most productive currents of modern thought, existentialism, also rejected humanity as an absurd abstraction.   One of the more arbitrary among them, Unamuno, who used to confuse exaltation with argument, his own convictions with truth, used to say that instead of the suspect idea of "humanity" it was better to speak of "man of flesh and bone," as if the idea of "man" were not less suspect and the idea of "flesh and bone" were not present also in a corpse, living or dead.  Nonetheless, to assume that an individual exists independently from an unfathomable group of the living and the dead called Humanity, is no less an abstraction.  With the added defect of being a refutable abstraction:  who can say their ideas are their own, that their prejudices, values, worldviews are absolutely works of individual originality?  What is an individual if not a particularity of a greater reality – humanity, community, family – without which one would be incapable of defining oneself as "individual"?

Recently a good friend (whom the norms of this country impede me from naming directly) told me that the Marxist idea of a classless society was a useless utopia.  Yes, a utopia.  But not so useless.  While we can still warn today of the abyss between rich and poor, from an historical perspective we can say that between the feudal society of France, the highly stratified society of Spain or the American slave society of the 18th century, and the France, Spain and Uruguay of today there are notable differences.  In addition, although feminist demands are far older than Marxism, it was the Marxist theorists, starting with Marx himself, who became the most visible partisans of women's rights in the 19th century.  Many of the workplace gains enjoyed by today's workers, which are not limited to industrial workers, were driven in great measure by that same current of thought and not, to be precise, by the so-called "infallible Popes" or by those businessmen who had under their command men and women working fourteen hours a day until after a few years they collapsed from tuberculosis in the name of the Industrial Revolution.   I recalled the Bolivian Alcides Arguedas's novel Pueblo enfermo (1909), and the report of the North American M. Sisson:  "The mine workers of Potosí only live about ten years, because they work thirty six hours straight; they do this voluntarily; they only rest for short intervals and they drink too much, frequently."  Perhaps one of the greatest merits of Marxist thought was not just its defense of the exploited, but instead, and above all, the ideological deconstruction of the idea of "voluntary exploitation."

 Fear still usurps the place of hope; the medieval pathos of old still holds sway over the young spirit of renewal and adventure.  But it's not true: civilization is not in the hands of any government or any savior sect.  We don't owe obedience to our parents, just respect; we don't owe them our lives, because life has no owner.  We most certainly do not owe the world to those who have made it to suit themselves and resist changing it even after they are dead.

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, December 2006.

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John's University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the "Southern Voices" project at www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

 

 

 

La ley y la desobediencia de los pueblos

 

Un amable lector —además reconocido jurista e investigador— me anotaba algunos inconvenientes de la desobediencia de las sociedades, recordando ejemplos que nos definen especialmente a los rioplatenses, como pasar por alto una serie de normas de tránsito o ignorar deliberadamente advertencias que podrían resultar en un perjuicio para nuestra propia salud. Dicho perfil no es exagerado ni es del todo injusto. De hecho, es el perfil del gaucho que ha nacido “para cantar” y no tiene más ley que su entendimiento. Esto, que está resumido en el gaucho Martín Fierro de José Hernández, ha sido repetidas veces confirmado por la tradición popular. Una famosa canción folckórica de uno de los mártires de la dictadura argentina, Jorge Cafrune, también popularizada por Los Olimareños, dice:

No sigo a caudillos ni [en] leyes me atraco

Y voy por los rumbos clareao de mi antojo

Generalmente, todas las canciones folclóricas de Uruguay y Argentina presumen de la misma filosofía. Entre Dios y el gaucho no hay intermediarios ni son necesarios. El gaucho, según el perfil psicológico y espiritual que nos han dejado el arte y las crónicas del siglo XIX (y no sin cierta simplificación), es anárquico por excelencia y, por lo tanto, no puede someterse al poder político ni al poder eclesiástico. En 1946 Jorge L. Borges, con una gran conciencia histórica y una escasa conciencia social —o con la única conciencia de su clase—, había retomado esta figura como esencia psicológica de nuestros pueblos del sur y, de paso, lo propuso como condición intransigente ante el autoritarismo, ya sea de un hombre, de una mujer o de un Estado. Claro que este ensayo está ubicado en un contexto determinante: el ascenso del peronismo en Argentina y del comunismo en Europa.

Personalmente siempre me sentí identificado con el gaucho, aún más al emigrar a una cultura que por siglos ha sido la antagónica —en la teoría y en la práctica— de la cultura latina: la anglosajona. No obstante, los rasgos culturales del resto de América Latina no proceden de este tipo histórico de europeo anárquico que excluía agresivamente al indígena al tiempo que era despreciado por la sociedad y los formadores de conciencia europeísta como el Domingo F. Sarmiento. También las otras sociedades latinoamericanas —las indígenas y las indigenistas— compartirán con el gaucho del Cono Sur, no sin sobradas razones, su desconfianza y desprecio por la autoridad, su relación siempre conflictiva con el orden social a la cual pertenecen. Este rechazo y esta permanente sensación de frustración y derrota es anterior al “imperialismo yanqui” e, incluso, anterior al imperio británico y al español: sabemos que estaba presente ya en los conquistadores españoles y, muy probablemente, procede de la época de la Reconquista, aquella larga guerra de expulsión de judíos y musulmanes de la península que se continuó luego del otro lado del Atlántico. Como ya lo he anotado en otro ensayo, el héroe latino es, necesariamente, un marginal. Y el gaucho, más concretamente, lo es también. Por definición histórica, el gaucho se formó como tal como alguien fuera de la ley, como bárbaro y como terrorista —según palabras de Sarmiento.

No obstante, no es este tipo de desobediencia al que nos referimos cuando hablamos de la Sociedad Desobediente, aunque podamos advertir una coincidencia “espiritual” de esta natural tendencia humana con la atribuida al gaucho. La tendencia a la sumisión también es natural en nuestra especie, pero procede del miedo que reclama seguridad y la paga caro con su propia libertad. Hecho que, por supuesto, es explotado por aquellos grupos que se mantienen encaramados en el poder —político, religioso, militar e ideológico—. Pero la historia parece mostrarnos, desde la caída de lo que vagamente se llama Edad Media, una progresiva conquista del primer motor del cambio, la necesidad de libertad, en detrimento del segundo instinto, la necesidad de seguridad. Decía un anarquista español como Pi i Margall a mediados del siglo XIX —y Ortega y Gasset desde una posición opuesta lo confirmará después— que las sociedades, los humanos, tenemos de conservador todo lo que tenemos de instintivo y de progresista todo lo que tenemos de animales productores de cultura. Mi lector también se preguntaba si no era una condición ancestral quebrantar las leyes y creo que podemos entender que sí. No obstante, las sociedades y los individuos son movidos por muchas tendencias ancestrales e instintivas que no ponen nunca en práctica gracias a un desarrollo cultural que los define como humanos y no como animales. Todos los pecados prohibidos por los Mandamientos de Moisés —y de muchos otros anteriores— fueron escritos, como diría el psicoanálisis, porque había una tentación previa a quebrantarlos. “Nadie prohíbe aquello que nadie quiere hacer”, dijo alguna vez S. Freud y lo confirmó C. G. Jung. Estas prohibiciones, agreguemos, no necesariamente están escritas, como la prohibición del incesto, por ejemplo.

En nuestro caso referido a la tendencia a quebrantar las normas puede ser entendido desde ambos orígenes: es un instinto y es una cultura. No necesariamente un término del par debe excluir al otro. Ahora, ¿significa esta tendencia a quebrantar las leyes y las normas un rasgo propio de la desobediencia de los pueblos aún sin desarrollar? Mi respuesta sería un rotundo no, si no fuera porque mantengo un profundo prejuicio contra las respuestas rotundas. Todo lo contrario.

“Desobediencia” no significa quebrar las leyes sino dejar de acatar las voluntades personales. Este es un proceso, entiendo, que comienza en el Renacimiento y se profundiza en el humanismo: el individuo y los pueblos como tales comienzan a desobedecer al Rey como representante de Dios en la tierra. En América Latina aun carecemos de esa desobediencia y de ese rey, porque éste fue sustituido por el “caudillo” —sea de izquierda o de derecha—, ensalsado ideologicamente por un discurso tradicionalista que admitía que las sociedades progresan si tienen un “gran líder”. Este discurso, que sólo sirve a las retrógradas clases dominantes, es repetido interminablemente por los pueblos oprimidos que esperan ciclos tras ciclos la llegada del mesías que los saque del estancamiento cultural y económico.

Lo opuesto a la obediencia —a la voluntad de un hombre o a un grupo— es el “pacto social”, formulado en la Ley. En una democracia (con todos los mitos que hoy lleva esta palabra, a veces manipulados de manera hipócrita), las leyes se cambian; no se quiebran. Esos son los dos elementos principales del pacto. No hay “obediencia” sino acuerdo. Yo estoy de acuerdo en respetar las leyes de tránsito aunque algunas me parecen inconvenientes. Si las normas llevan más perjuicio que beneficio trataré de cambiarlas. Los más grandes subversivos de la historia —como Moisés, Buda, Sócrates, Jesús, Mahoma, Lutero, Gandhi— lo fueron precisamente porque cambiaron las leyes, los consensos, los órdenes sociales, la historia misma sin romper las leyes que ellos mismos criticaban. Ernesto Sábato usaba una metáfora para referirse a un artista y que podríamos usar para nuestro ejemplo: un gran ajedrecista lo es precisamente porque tiene en cuenta las reglas de juego y las usa para crear algo nuevo. Esta no es una visión conservadora; es lo contrario. Los conservadores se nutren de aquellos que quebrantan las leyes; sus mayores oponentes son quienes son capaces de cambiarlas.

De esta forma, podríamos decir de forma imprecisa y usando el lenguaje corriente, que la Sociedad Desobediente, al menos de forma ideal, sólo obedecería las leyes que ella misma se formule; nunca a un partido, a una corporación, a una empresa o a un sindicato. Sin embargo, aún así, aquí el término “obediencia” es impreciso. Obedecer significa acatar de forma acrílica. Un soldado obedece, un monaguillo, un obrero en una obra de construcción, etc. También esperamos que un niño obedezca a su padre. ¿Por que? Porque asumimos que no es consciente de los peligros, asumimos que debe ser “educado”. Pero ¿cómo un adulto debe obedecer a su padre? Esto deja de tener sentido. Yo hago la voluntad de mi padre si estoy de acuerdo en sus razones, pero ya no puedo hacerlo por obediencia. Si lo hago por obediencia entonces no he madurado aun. También obedece un soldado del cual no se espera libertad de conciencia ni de acción, lo que de paso nos demuestra que la guerra es fundamentalmente una oposición de individualidades, no de pueblos. Quizás la primera guerra surgió junto con el establecimiento de una autoridad tribal. La desaparición total de este tipo de autoridad estructuradora de las posteriores sociedades es una utopía, pero la progresiva superación de su actual y dramática influencia llevará a una disminución de las guerras tal como las conocemos hoy en día. Aunque los discursos hoy en día nos advierten de un mayor peligro —llamado terrorismo—, es probable que este fenómeno de nuestro tiempo disminuya o desaparezca al desaparecer la misma autoridad. ¿Contra qué atentaría el terrorismo actual si no existiese un centro de poder?

Un punto intermedio es, bueno, pero ¿quién hace las leyes? Si éstas son la expresión de abajo (pueblo) hacia arriba, entonces aceptamos un pacto, limitamos voluntariamente nuestra voluntad para potenciarla. Renunciamos a algo para obtener algo más importante. Lo mismo la moral —lo he desarrollado en Critica de la pasión pura, 1997—: la moral es, antes que nada, una renuncia de lo inmediato por un beneficio ulterior. En su camino tierra, es renuncia a la libertad (al poder) para obtener seguridad y sobrevivencia; en su camino cielo, es renuncia al sexo (al placer) para obtener alivio ante el dolor y la muerte y, más tarde, la vida más allá. Claro que en la moral este pacto es ancestral e inconsciente. Con las leyes sociales (al igual que a un nivel ético, racional) estamos hablando de un acuerdo más explicito, es decir, consciente. Por lo cual podemos decir que no sólo la ética sino las leyes son una prolongación —escrita y racional— de la moral.

Ahora, cuando esas leyes sociales son dictadas de arriba a abajo, dejan de ser pactos y se convierten en simple obediencia a la autoridad. La finalidad de la ley se invierte: deja de ser (1) un instrumento de liberación de la sociedad y pasa a ser (2) un instrumento de su opresión; un instrumento de explotación de la autoridad misma. Evidentemente, y consecuente con la larga tradición humanista, la primera opción concibe una sociedad ideal de “iguales”, mientras que la segunda concibe una relación de “desiguales” en lo que se refiere a los derechos. Los derechos de una persona están en directa proporción al poder de la sociedad que comparte. Para ejercer cualquier tipo de libertad en necesario poseer un mínimo poder para ejercerla. Si estamos de acuerdo en una “democracia progresiva” —aún asumiendo conscientemente que es una ideología—, debemos estar de acuerdo que ese ideal necesita de una división progresiva del poder. Al mismo tiempo sabemos que los “individuos” que componen cualquier sociedad al tiempo que son semejantes son diferentes. Decía Ortega y Gasset que tan injusto es premiar diferente a los que son iguales como premiar igual a los que son diferentes. Pero el filósofo español estaba de acuerdo que los diferentes “superiores” debían hacerse cargo de las decisiones políticas y civilizatorias de cualquier sociedad porque, aún siendo corruptos, “saben cómo funcionan las cosas”. Esta idea en el mejor de los casos sólo podríamos aplicarla a una obra en construcción. Cuando hay un accidente en un edificio, el único responsable es el técnico, porque la ley asume que es el único que sabe “cómo funcionan las cosas” y en él pone todo el poder de decisión sobre la misma. Pero en una obra el objetivo es la construcción de un edificio, independientemente de las personas que intervengan en el proceso. Diferente, en la construcción de una sociedad no hay otro objetivo que la sociedad misma, es decir, el objetivo de la sociedad son sus propios constructores. Y nada más. Al menos que asumamos una ideología teocrática. En ese caso sí, el objetivo de una sociedad sería algo más que sí misma: sería cumplir con el proyecto de un ser superior, el Gran Arquitecto, del cual casi no podemos conocer sus profundas razones para hechos que nos parecen incomprensibles y arbitrarios. En ese caso la obediencia absoluta, la obediencia de Abraham y la de Job, está justificada. Pero ocurre que ya (casi) no podemos confundir a Dios con el Rey —o con el Papa—, ni la voluntad de éste con la de Aquél; y ese es el primer paso constructor y legitimador de cualquier democracia.

En un reciente encuentro de escritores del mundo iberoamericano, advertí que había una mayoría en contra de la “democracia” y a favor de las elites de intelectuales como los guías iluminados de pueblos estúpidos a los cuales había que defender de las garras del imperialismo norteamericano. Los más radicales eran, claro, profesores de universidades norteamericanas. Alguno llegó a decir que no creía en la democracia, poco después de mis críticas a Ortega y Gasset, en su propuesta de las elites como las únicas capaces de dirigir el proceso civilizatorio. Paradójicamente, esta postura que en el último Ortega y Gasset puede entenderse como conservadora, en nuestro tiempo es asumida por “progresistas de izquierda”. Pero ¿cómo se puede ser un progresista de izquierda asumiendo que los pueblos son incapaces de defenderse a sí mismos? Este discurso complaciente actualmente cubre la demanda de un gran mercado ideológico que, como en el consumismo capitalista —de bienes materiales y elocuentes discursos radiales— sólo está dispuesto a comprar lo que le satisface. Como si los pueblos continuaran siendo niños a los que hay que educar. De ideologías de derecha sería, al menos, más coherente; pero ¿de progresistas? Si por “despreciable democracia” entendemos esa caricatura que está a la venta en la tienda del señor Bush, estamos entendiendo otra cosa por democracia o estamos aceptando la vulgarización propuesta por el discurso dominante. Lo que es una forma de derrota absoluta de cualquier tipo de democracia.

Pero debemos ponernos de acuerdo qué ideología vamos a asumir: o la democracia progresiva o una teocracia. Independientemente de nuestras creencias religiosas, ya que ambas posturas pueden ser formulaciones ideológicas que sirven tanto a religiosos como a ateos. No sólo una conciencia religiosa puede asumir una ideología democrática, sino que también una conciencia atea puede asumir una teocracia, aunque en el siglo XX se llamara, por ejemplo, fascismo o estalinismo. La tradición teocrática buscó, históricamente, la confusión de la obediencia a Dios con la obediencia a una clase social, a través de la confusión de Dios con los reyes y faraones. Una vez secularizado el Estado, el discurso hegemónico de la autoridad de una clase política permaneció intacta, a veces fortalecida por un discurso pseudohumanista que hacía de un ser humano un instrumento de algo trascendente, abstracto.

Pero ¿qué es esto de “obediencia a la autoridad” que nos han ensañado desde la escuela con lacrimógena ideología? En el mejor caso significa acepción de un pacto, de un orden social; en el peor de los casos significa “obediencia” a un orden o a un grupo minoritario que se sirve de ese orden sin participación del resto. La excusa siempre será que esa autoridad es beneficiosa para el obediente, que el opresor salva al oprimido del caos, del desorden, de la violencia, de la desaparición. Hace muchos años, en un campo de Uruguay encontré una moneda española con la imagen del generalísimo Francisco Franco. Nunca olvidaré la impresión y la sensación de impotencia que me causó leer la leyenda que lo coronaba: “Caudillo de España por la gracia de Dios”. Este, de una forma u otra, es el discurso tradicional que nos exige obediencia mas allá de la ley, del pacto... Y, con paradoja —toda paradoja es una contradicción aparente—, la cultura de quebrantar las normas y las leyes sólo sirven a quienes reclaman obediencia a algo más que a las propias leyes. Y de ahí los “hombres fuertes”, la “mano dura”, etc... Claro, uno podría preguntarse por el caso extremo: ¿no es lícito acaso quebrantar todas las leyes cuando un pueblo está gobernado por un tirano? La respuesta es doble: sí, porque esas no son leyes dadas a sí mismo por el pueblo sino por una elite; pero en ultima instancia, un pueblo oprimido es aquel que se deja oprimir, un pueblo obediente. Esta obediencia anacrónica no sólo la ejercitan pueblos bajo regímenes personalistas sino también en países que candorosamente se llaman democráticos. Aún en los mejores sistemas parlamentarios —última frontera de la democracia representativa— la obediencia se sigue ejercitando con períodos cuatrimestrales de legitimación. Pero llegará el día en que los parlamentos sean a los pueblos lo que hoy son los reyes a los gobiernos.

Actualmente, los más poderosos sectores reaccionarios de algunos orgullosos países democráticos han retomado esta tradición autoritaria, mesiánica, muchas veces como ha ocurrido a lo largo de la historia, en nombre de Dios. No es extraño que ello ocurra en las tradicionales potencias económicas y militares del mundo. Pero tengamos en cuenta que toda reacción se produce por una acción: es muy probable que esa acción sea la progresiva marcha de la Sociedad Desobediente.

Jorge Majfud

Athens, Diciembre 2005

 

 

 

La sociedad desobediente

Esta vieja Europa que encuentro después de tan pocos años, ha cambiado tal vez de forma invisible, pero profética.

He sido amablemente invitado por el gobierno de Tenerife y por Editorial Baile del Sol para presentar mi último libro en España y para participar en algunos debates en vivo. Sobre todo, he escuchado y leído todo lo que he podido y, en cualquier caso, he sentido la misma preocupación por la guerra —o, para ser más exactos, por el bombardeo— y por la inmigración de los pobres al centro del mundo. La ruptura de Occidente es menos evidente.

Sobre estos problemas no voy a agregar mucho más. Además, de ellos ya se han encargado las mentes más lúcidas, y de poco y nada ha servido hasta el momento. Del otro lado, hemos escuchado y leído discursos que, si no tuviesen consecuencias tan trágicas serían, por lo menos, cómicos, travesuras más propias de estudiantes que de los Servicios de Inteligencia más poderosos del planeta, de los cuales depende la vida o la muerte de millones de personas.

Si se me permite el atrevimiento, quisiera ir a un problema que considero más de fondo, no sin antes una breve introducción.

Estoy leyendo en El País de Madrid un documento salido de la oficina de Condolezza Rice, el cual fue ratificado por el Congreso norteamericano. Dice: “Existe un único modelo sostenible de éxito nacional —el de Estados Unidos— que es justo para toda persona en toda sociedad” Dejo los comentarios a los lectores que, a diferencia del filósofo que escribió estas líneas, siempre presumo inteligentes. Y si, además, son cultos, seguramente recordarán el esquema de pensamiento europeísta que imperaba en el siglo XVIII, o versiones más dictatoriales, fanáticas y mesiánicas del Islam moderno. A esta altura de la historia, daría toda la impresión de que algunas personas no pueden comprender que una gran democracia nacional puede ser, al mismo tiempo, una gran dictadura mundial. Y lo digo con pesar, porque admiro la cultura y la belleza de ese gran país del Norte, donde tengo tantos amigos.

Pero vayamos más a fondo. Desconcentrémonos por un momento de la coyuntura actual de esta guerra y veremos esos cambios invisibles que, inexorablemente, están ocurriendo en todo el mundo.

Lo que hoy llamamos “globalización” no es otra cosa que el ensayo, conflictivo y con frecuencia criminal, de un cambio a mayor escala. Y, por el contrario a lo que se afirma casi unánimemente, a mi juicio es el inicio crítico de tiempos mejores para la paz mundial. No ciertamente por la victoria de ningún imperio policíaco, sino todo lo contrario.

Nuestro tiempo es crítico porque es el tiempo en que el mundo se ha cerrado, dejando dentro de su unidad física una pluralidad contradictoria y a veces incompatible de intereses. Paradójica y suicida. Desde los primeros globalizadores —los fenicios— el comercio había sido también una actividad cultural. Desde entonces, junto con las cedas y los condimentos, viajaron culturas enteras, costumbres, artes, religiones y conocimiento científico. Hoy el comercio significa, lisa y llanamente, la destrucción de las culturas que no le son rentables, al mismo tiempo que la vulgarización de aquellas otras de las cuales se sirve. Es un proceso de barbarización que se confunde con el progreso de los medios. Pero, entonces ¿cuál es la próxima etapa de esta globalización?

Hace unas décadas, el científico británico J. Lovelock concibió la teoría de Gaia, es decir la teoría según la cual se entendía nuestro planeta como un ser vivo. En un ensayo de 1997 quise complementar esta idea de la siguiente forma: si el cuerpo de Gea es la biosfera, su mente ha de ser la estratosfera —esa nueva corteza pensante— y cada habitante del planeta sería, así, como una neurona, unida a otras neuronas por dentritas vinculantes —ondas de radio, Internet, etc.  Inmediatamente supuse que nuestro planeta sufría de autismo o de una crónica descoordinación, y que si los ecologistas se habían ocupado de su cuerpo, nadie lo había hecho hasta ahora con su mente. Si la contaminación ambiental es su cáncer, la geopolítica es su esquizofrenia. Sin embargo, hoy creo que esa conducta no es producto solo de una fobia —como lo fue la Segunda Guerra— sino que es propia de un recién nacido que mueve sus manos sin advertir aún su individuación.

Y creo que ésta es la próxima etapa de la globalización. Con la movilidad de los individuos aumentará la conciencia de nuestra soledad cósmica. Después de una profunda crisis del antiguo modelo internacional, basado en el egoísmo y en la fuerza, seguirá un tiempo donde no habrá lugar para un imperio basado en una única nación. Una mayor conciencia de nuestra soledad cósmica será, al mismo tiempo, la mayor conciencia de nuestra humanidad, y los rígidos límites nacionales se ablandarán hasta disolverse en la historia. Tendremos, entonces, límites y regiones culturales, pero no políticas ni militares. El mismo fenómeno de los zapatistas de Marcos, en México, se explica por este fenómeno que no aspira al triunfo de la fuerza sino de la opinión del mundo. Aunque hoy parezca utópico, creo que cada vez importará más lo que piensen los pueblos.

La paz será, entonces, más probable en la segunda mitad del siglo XXI que en todo el siglo pasado. Su mejor garantía no será la imposición de un Gobierno supranacional, como quiso serlo el proyecto fracasado de la ONU: la mayor garantía será la conciencia individual, la fuerza de los sin-poder. Está claro que no todos aceptarán al mismo tiempo este mestizaje racial y cultural, pero el proceso será irreversible. Incluso la actual inmigración de los musulmanes a los países occidentales es positiva y un preámbulo de este nuevo “dialogo de culturas”. Es la forma más efectiva de que ellos nos conozcan mejor y vean que también nosotros podemos ser hombres y mujeres de valores morales sin pertenecer a su religión ni a su cultura. Lamentablemente, aún no se da la relación inversa, si entendemos que el turismo no es más que la deformación del conocimiento, la vulgarización del antiguo viajero. Pero tarde o temprano el cruce se producirá, dejando lugar al mestizaje nos salvará del “tribalismo planetario” en el que estamos inmersos hoy.

Entonces surgirá el “ciudadano del mundo” con una característica psicológica y cultural que hoy cuesta mucho comprender, dado el tiempo de crisis que estamos viviendo, la que no se debe a este cambio que se está produciendo sino a la profundización del antiguo modelo.

El nuevo ciudadano será mucho más exigente y mucho menos obediente que cualquiera de nosotros lo es hoy. La desobediencia es una virtud que el poder siempre se ha encargado de presentar como un defecto, ya sea éste el poder paterno, religioso, económico o estatal. Y si bien la obediencia al padre es útil en la infancia, luego, en su propia continuidad, deja de serlo y se convierte en un vasallaje que ignora el logro de la madurez, de la responsabilidad individual del nuevo adulto. Es, en este sentido, que una persona verdaderamente libre es desobediente. Ésta, la desobediencia del habitante Tierra, será quizá la mayor revolución del siglo XXI. La democracia representativa dejará lugar a la democracia directa, para convertirse con el tiempo en una antigüedad, base de los caprichos personales del líder de turno que hace que la posición geopolítica de un país como España, con respecto a la guerra, se base exclusivamente en el criterio de un solo hombre, elegido algunos años antes, e ignorando deliberadamente la voluntad del noventa porciento de la población que se ha manifestado categóricamente en contra. Los gobernantes se justifican de incumplir sus promesas preelectorales o de tomar decisiones contra la voluntad de la mayoría poselectoral argumentando que la realidad es cambiante. Pero no aceptan ese mismo argumento cuando esa mayoría lo contradice o pide la revocación de una decisión o de sus ministros.

Hoy toda las relaciones  internacionales están basadas en las relaciones personales, como en los antiguos sistemas monárquicos. (José María Aznar: “Hay una corriente de simpatía entre Bush y yo” “Nos entendimos desde el primer día que nos vimos”) Así, el destino de millones de personas sigue dependiendo del ánimo y de las relaciones amorosas entre dos o tres caballeros.

Más al Sur, vemos cómo los gobiernos “democráticos” de los países periféricos ya no tienen poder de decisión sobre sus propias políticas económicas, sociales e impositivas. Dependen de sus acreedores, de las directivas de los Centros Financieros Internacionales, como el FMI. Sin embargo, éstos Centros dependen, a su vez, de los débiles gobiernos de la periferia, ya que son ellos los vasos comunicantes que se relacionan “legítimamente” (o legitimados) con sus poblaciones. Son ellos los recaudadores de impuestos que, en suma, irán a financiar al Poder Central, es decir, al poder económico y militar que decide el destino de los pueblos. Y si estos gobiernos son demasiado pobres, por lo menos sirven para controlar la desobediencia.

Pero cuando los líderes imperiales, y los grandes centros financieros pierdan su poder, el individuo tendrá menos posibilidades de ser manipulado en su opinión y en sus sentimientos.

No habrá otra salida a la actual psicopatología mundial que no sea el mestizaje. Mestizaje de razas y de culturas, el cual no pondrá en peligro la diversidad, como sí lo está haciendo la uniformización cultural de las superpotencias. La ruptura de las fronteras y la libre circulación de los individuos hará prácticamente imposible la manipulación de los pueblos.

Por otra parte, los poderes legitimados se encuentran enredados en una lucha contra el terrorismo. Pero este terror también es una consecuencia de su entorno, no sólo de su propia cultura política sino de las políticas ajenas -la crisis de la globalización naciente. El terrorismo no es el mero producto de la naturaleza humana sino de su historia. Tanto acción como reacción son, en este caso, productos simultáneos de un determinado Orden mundial. Reestructurada la actual relación mundial del poder, también declinarán los fenómenos terroristas de nuestro tiempo. Sería tonto pensar que el auge del Islam en la segunda mitad del siglo XX es independiente del creciente poder político y militar de Occidente capitalista.

Pero antes de la gran revolución civil habrá una profundización de la crisis de este orden obsoleto. Esta crisis será en casi todos los ámbitos, desde el orden político hasta el económico, pasando por el militar. La Superpotencia es actualmente muy frágil debido a su recurso militar, con el cual ha minado el arma más estratégica de la antigua diplomacia. De hecho, ha inaugurado la anti-diplomacia: mañana, si Estados Unidos no derroca a Sadam Hussein, terminará por fortalecerlo, ante su pueblo y ante el mundo. Es decir, no hay salida a su poco inteligente estrategia. Por otra parte, no podrá resistir un contexto crecientemente hostil porque su economía, base de su poderío militar, se debilitará en proporción inversa. Hoy está en condiciones de ganar cualquier guerra, con o sin aliados, pero los sucesivos triunfos no podrán salvarla de un progresivo desgaste. El resultado inmediato será una gran inseguridad mundial, aunque ésta se superará con la revolución civil. En este momento de quiebre, Occidente se debatirá entre un mayor control militar o en la desobediencia civil, la cual será silenciosa y anónima, sin líderes ni caudillos, sin masacres. Será la primera revolución del individuo de la historia que se opondrá al individualismo, así como la libertad se opondrá al liberalismo.

Los pueblos nunca le declararon la guerra a nadie. Las guerras siempre las promovieron y provocaron individuos que se arroparon con todo el poder de un pueblo al que, de una forma u otra, sometieron, ya sea de forma dictatorial o “democrática”, en el sentido actual y antiguo del término. Las guerras surgen con las civilizaciones, no con la humanidad. Y si bien es cierto que con la humanidad surgió la violencia —ya que ésta es inherente a toda forma de vida, inclusive la vegetal—, también es cierto que tal vez la misión más noble de nuestra especie en su evolución espiritual sea aprender a dominar esa violencia, como alguna vez lo hicimos con el fuego, para convertirla en creación y no en destrucción, en vida y no en muerte.

 

Jorge Majfud

Madrid

26 de febrero de 2003

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artículos y ensayos

Este texto se conserva tal como fue publicado por primera vez en distintos medios de prensa, constando al pie la fecha de su primera publicación.