¿Y si América Latina hubiese sido un imperio?

 

Sospecho que los pueblos se preocupan por definir “quiénes somos” o “cómo somos” cuando están naciendo en un contexto mayor o cuando están en decadencia relativa. En el primer caso sirve para rectificar un camino a seguir, para proyectar un futuro; en el segundo para ratificar un pasado que comienza a alejarse. Durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo siguiente, el problema de la identidad fue central en el pensamiento latinoamericano. Hoy lo es en el debate político de Estados Unidos.

Hace unos días una amiga norteamericana me preguntaba por qué en el mundo la gente tiene una imagen tan mala de su país, siendo que tantas personas como su padre habían ayudado a mejorar la medicina en Europa. Parece claro que nadie, o pocos, podrían rechazar a un grupo de médicos que está contribuyendo a aliviar el dolor y las enfermedades en el mundo. Por lo tanto, la respuesta no está allí y la conexión carece de una razón lógica. Sin embargo, el sólo hecho de preguntarse “por qué” antes que “cómo” ya significa un progreso. No sólo en medicina; sobre todo cuando reflexionamos sobre la historia y nuestro tiempo.

El comentador y ex secretario de gabinete norteamericano, William Bennett, entiende que la idea de que existe en el mundo una imagen negativa de Estados Unidos es artificial y fundamentalmente se debe a los intelectuales, sobre todo europeos, quienes suelen hacer análisis demasiado sofisticados. (1) Esta visión concede un poder extraordinario a los intelectuales europeos, al mismo tiempo que ni siquiera considera la misma clase profesional en otras regiones más vastas del globo. No deja de ser paradójico que, mientras se descalifica a los intelectuales —apes— por su intrascendencia, al mismo tiempo se los responsabiliza por la imagen de todo un país, del país más poderoso del planeta.

Pero tal vez todavía tenemos derecho a pensar que las causas de la buena o de la mala imagen de un país se debe a otros factores. Tal vez las acciones de los gobiernos no sean sólo la fresa encima de la torta. Tal vez las corporaciones financieras y los ejércitos del mundo son más poderosos y responsables que las ideas sofisticadas de algún oscuro profesor de Francia o de Luxemburgo.

Ahora veamos el problema desde otro punto de vista. Si observamos el siglo XIX en América Latina, podríamos decir que los intelectuales fueron responsables de la mayor parte de los proyectos y de las utopías sociales. Muchas de las cuales se hicieron realidad. Esto se debía a la escasa alfabetización de la población, al poder de la prensa escrita, a una férrea verticalidad de la sociedad y a una cultura colonial conservadora. “Los pueblos no quieren ser liberados”, se quejaba Bolívar en 1819. Daniel Florence O’Leary anotó que por la misma época muchos esclavos liberados por los independentistas se iban con los españoles que los vendían en otras colonias.

La primera mitad de ese siglo fundacional se caracterizó por una profunda admiración por Europa, primero, y por Estados Unidos después. Casi todas las constituciones iberoamericanas, a pesar de un titubeo inicial a favor del sistema monárquico, se resolvieron a imagen y semejanza del ejemplo republicano de los hermanos del norte. Basándose en Montesquieu (1748), Bolívar se opuso (1819) sin éxito a la copia directa. Más tarde, esta admiración llegó, en casos como el de Domingo F. Sarmiento, a la prescripción de la importación de los modelos sociales del mundo anglosajón, paradigma del liberalismo y el progreso industrial. Poco a poco esta imagen altamente positiva hacia Estados Unidos fue cambiando de la admiración fraternal al rechazo hostil, desde Bautista Alberdi hasta José Martí. A veces de forma abrupta pero nunca por la ocurrencia de algún poeta trasnochado: a mediados de siglo, cuando México pierde la mitad de su territorio y, fundamentalmente al final, cuando España pierde la guerra hispano-americana.

La pérdida de Cuba, en 1898, no sólo confirmó el largo y extenuante declive del imperio español sino también el nacimiento de otro nuevo. El antes odiado imperio español —el enemigo común— se transforma, de golpe, en el humillado oxímoron de la Madre Patria. Los latinoamericanos olvidan los años de la colonia y se suman a la reivindicación de la “hispanidad”, no tanto por la admiración o la compasión por la conservadora España sino por el rechazo al naciente imperio americano. José Martí condena a los viejos Sarmientos y a “estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero (1891). Rubén Darío, paladín del poeta en la torre de marfil del modernismo, baja a tierra y se sumerge en su tiempo y en su geografía. En 1898 advierte sobre “la codicia del anglosajón, el apetito yankee demostrado”. Mientras Panamá se desgarra de Colombia —de lo que quedaba de la Gran Colombia—, maldice en sus versos y en sus ensayos al “futuro invasor” (1904). José E. Rodó, aunque no odió ni amó a Estados Unidos, años antes ya había planteado esta dicotomía: la cultura anglosajona, materialista, contra la superior pero más vulnerable cultura latina, la “cultura espiritual”. De ahí en delante, en la mayoría de los intelectuales de América Latina ya casi no quedará nada de aquel amor unánime por Estados Unidos.

Este amor incondicional —¿o condicionado?— se refugiará en las clases dirigentes; paradójicamente, herencia de la colonia española.

La mayor parte de la historia política de nuestro subcontinente no estará dominada por gobiernos de izquierda sino de derecha. Casi todas las dictaduras han tenido este signo y el signo militar que, alternativamente y según conveniencia, fluctuaba del amor al odio de ese obsesivo referente: Estados Unidos.

Las estrategias de dominación fue compartida: tirios y troyanos se eximían de culpa, y culpaban del odio universal al odio del adversario. Si los europeos negaban con arrogancia la existencia de cultura en los pueblos “primitivos”, con la misma acusación respondían ahora nuestros pueblos “latinos” hacia el gigante del norte.

Considerando estas observaciones sobre la historia de las Américas, podemos suponer que ese sentimiento de rechazo hacia Estados Unidos cambiará en este siglo. Como siempre, la causa no se deberá tanto a los intelectuales de turno sino a las acciones concretas de los pueblos en su totalidad y de sus gobiernos en su particularidad. Como hemos anotado en otros espacios, el siglo XXI resolverá el trágico conflicto entre la antigua democracia representativa, conservadora de intereses de clase y de naciones, y la naciente democracia directa, producto de la radicalización de la Ilustración en el nuevo contexto intercultural. A mediado de siglo ya no habrá una superpotencia sino tantos focos geopolíticos como continentes, además de una progresiva “toma de acción” por parte de los pueblos y de los individuos. Esto llevará a una disminución de los fuertes desequilibrios de poder entre naciones. Como consecuencia, el sentimiento hacia Estados Unidos cambiará radicalmente a partir del 2030.

Ese es el más probable escenario que podemos imaginar. El otro, con un nuevo imperio surgiendo sería casi una regla en la historia universal, pero un retroceso en el proceso de los últimos quinientos años, donde la obediencia de los pueblos ha ido perdiendo terreno de forma acelerada, con algunos trágicos tropiezos.

Algunas encuestas mundiales muestran que China es ahora vista de forma más positiva que Estados Unidos. Entiendo que esto es fácilmente explicable y hasta comprensible. La opinión, es la opinión de una mayoría que aún se considera más débil que el cinco por ciento de la población del mundo. Pero la concreción de China como nuevo imperio fácilmente revertiría esta percepción. En pocos años el número de quienes detestan todo lo americano añoraría los viejos tiempos: si la democracia directa debe sufrir el imperio feroz de la democracia representativa, más sufriría con el imperio de una tradición autoritaria al viejo estilo de los imperios chinos.

Me temo que el problema radica en el poder excesivo de cualquier imperio y no tanto en el tipo de cultura que lo representa. El mismo Brasil fue un imperio —o  tuvo vocación de imperio— en el siglo XIX y muchos países vecinos debieron sufrir amputaciones territoriales basados en la fuerza y no en la solidaridad. Me temo que mi propio país, tan pequeño como es, si en el siglo XX hubiese tenido el poder económico de Estados Unidos o de la Gran Bretaña del siglo XIX no hubiese sido menos arrogante y despótico que cualquier otro pueblo. ¿Acaso no fueron nuestros gobernantes quienes exterminaron los pocos charrúas que quedaban en nombre de la civilización? ¿Acaso no fueron nuestros civilizados militares que hace apenas treinta años torturaron, mataron y desaparecieron a cientos de compatriotas? Aún si la motivación vino del extranjero, el sadismo fue de pura industria nacional. Por no mencionar las barbaridades en Argentina o en Chile, harto más meritorias en lo que se refiere a la escala del terror.

¿Qué hubiésemos hecho los uruguayos o cualquier otro pueblo del mundo con el mismo PBI de China o de Estados Unidos y con la misma mentalidad nacionalista? Claro, es una especulación imposible de confirmar; pero podemos imaginarlo recordando nuestras propias historias desde una perspectiva humana y no desde la más común perspectiva de los patriotismos de escarapela.

 

 

© Jorge Majfud

Athens, 10 de noviembre de 2006

(1) “The university class (in Europe, especially) has a ‘sophisticated’ view that is aped by academia in much of the U.S. professoriate.” CNN, 23 de octubre de 2006.

 

 

 

 

El lenguaje de los tambores

Qué se oculta detrás de la Cultura del Odio?

Empecemos por lo más fácil: no hay “Choque de Civilizaciones” sino choque de intereses. Pero como nos muestra repetidas veces la historia, los peores opresores suelen ser los mismos oprimidos: los negros esclavos eran castigados sin piedad por otros esclavos elevados un miserable escalón en la escala de opresiones. A modo ilustrativo bastaría con leer la Autobiografía de un esclavo (1835) del cubano Juan Manzano; o el desprecio y la vergüenza que algunos indígenas descargan sobre sus propios hermanos en América Latina; o el desdén de muchos “hispanos naturalizados” en Estados Unidos por los nuevos inmigrantes con caras de pobres, etc.

El mismo mecanismo perverso se reproduce a una escala mayor y más profunda: las culturas de distinto color son ahora vistas como enemigas, como incompatibles formas de vivir, hasta el extremo de matarse por esas falsas banderas y contraseñas. Estas murallas se derrumbarían con un par de observaciones de una lista casi infinita: si la historia registra, obsesivamente, el recuerdo de guerras entre pueblos, registra también, sin tanto ruido, memorias y olvidos más vastos de cristianos, judíos y musulmanes conviviendo en una misma ciudad, colaborando la mayor parte de las veces en el comercio y en la cultura. Lo mismo podríamos decir de Nueva York: si las diferencias culturales fuesen insalvables, Manhattan debería ser un área más conflictiva que Bagdad o Jerusalén, ya que allí conviven decanas de diferentes etnias y lenguas.

Pero nos han vendido el cuento del Choque de civilizaciones y lo consumimos con el ardor de verdaderos adictos. Todo tiene un Por qué, el cual es diariamente evitado con discursos políticos y mediáticos sobre el mejor Cómo.

Para mi escaso entendimiento humano, el Por qué no es tan difícil de percibir. Como lo he desarrollado en otros espacios, esa lucha se libra en el “centro” de la cultura occidental, que es la cultura que ha encabezado los cambios históricos de los últimos siglos.

Vamos por parte. El breve y agonizante período histórico llamado Posmodernidad ha sido, a mi juicio, el resultado de un lógico antagonismo. Fue la consecuencia de la Modernidad, claro, pero no sólo por el rechazo a los valores de ésta (razón, abstracción, eurocentrismo, etc.) sino porque también el sector izquierdo de esta Posmodernidad radicalizó los mismos valores que había promovido la Modernidad y el humanismo contra la mentalidad escolástica: en resumen, la rebelión del individuo, primero, y de la llamada “masa” después. Las reivindicaciones de los actores periféricos no son una reacción contra la Modernidad sino una radicalización de ésta. Claro que podemos ver estos cambios como consecuencias de la (post)industrialización. Pero aún así se deben a una realidad cultural más vasta llamada Modernidad.

En definitiva, entiendo que la energía que se radicaliza en los últimos quinientos años es la que conduce al cuestionamiento de la autoridad (política, eclesiástica, sexual, cultural, colonial). Casi todo el pensamiento del siglo XX y de nuestro siglo se resume en una lucha sin tregua contra el poder económico e ideológico.

En su traducción política, esta radicalización de la Modernidad lleva a sustituir, irremediablemente, las viejas estructuras de poder que conquistaron y luego secuestraron términos y valores llamados “libertad”, “democracia”, “justicia”, etc. Estos valores han sido convertidos en ídolos con el fin de revertir un lento proceso revolucionario —la democracia progresiva— en un orden conservador: la democracia representativa.

La caída del antiguo bloque comunista dejó al centro conservador de occidente sin antagónico. Esto, a pesar del breve efecto propagandístico, no fue un triunfo de ese centro sino una derrota relativa. La caída simbólica de un muro célebre radicalizaba el mismo proceso de desobediencia civil y dejaba a las cúpulas del poder sin enemigo a la vista. Los viejos guerrilleros islámicos vinieron a ocupar el sillón vacante.

En el orden institucional, esta lucha entre los dos proyectos de Occidente se traduce en una lucha del viejo sistema de Democracia Representativa contra el siguiente estado de la historia: la Democracia Radical. Este nuevo orden es el tabú político, es el verdadero enemigo de los conservadores del viejo sistema “representativo”.

La reacción buscará, entonces, moralizar usando peones, imponiendo “el bien y la justicia” por la fuerza (Superman), luchando contra “los chicos malos” (El pato Donald) sin eliminarlos del todo. Así también los antiguos opresores se valían del esclavo negro para azotar a sus hermanos en nombre del Orden, la Paz y la Religión.

Aunque más lejanas, las sociedades islámicas se dirigen hacia este mismo estado de desobediencia social. No obstante, tanto los conservadores islámicos como los noroccidentales colaboran entre sí alimentando el antagonismo por la fuerza del miedo. El mido de nuestras sociedades a perder unos determinados “valores occidentales” nos lleva a perderlos, si consideramos que la característica de Occidente en los últimos siglos ha sido una progresiva democratización, una progresiva rebeldía y liberación de los sectores oprimidos. Al renunciar a esta exigencia de libertad, Occidente se suma al Oriente islámico y al extremo Oriente, en un modelo conservador de sociedad, con códigos morales y sexuales más propios de la Edad Media que del llamado Occidente moderno.

Parte de este discurso es repetir que la “cultura islámica es incapaz de progreso”. ¿Olvidan que gran parte del progreso occidental se inició con los progresistas islámicos, cuando Europa era aún más teocrática de lo que hoy es el mismo Irán? Para no recordar que la culta Alemania de hace apenas medio siglo, con sus millones de masacrados, no era precisamente un buen ejemplo de progreso. Para no seguir con ejemplos más recientes en España, Viet Nam, Argentina… Sin embargo Europa ha cambiado de la teocracia a la llamada “democracia” occidental. ¿Estaba, entonces, el cristianismo, incapacitado para cualquier progreso? ¿Por qué se niega siempre la capacidad humana del cambio, de progreso, a los demás?

La madre de todas las guerras no es la del centro contra la periferia, sino —como en el ajedrez— de la lucha por el centro. Para ello, una de las fracciones en el centro deberá mantener en jaque permanente al resto y así lograr el dominio y el statu quo, que para Occidente significa retroceso, decadencia.

En los últimos doscientos años, el poder de un individuo o de un sistema radicó en su “representatividad política”. Representar significa asumir y ejercer un poder que otro no puede ejercer por sí mismo. Esto, si bien fue un logro en el siglo XIX, resultará un anacronismo en el siglo XXI. Las masas que lucharon por obtener esta representatividad, naturalmente reclamarán hablar por voz propia, dejando de ser considerada masa para pasar a ser humanidad. Mientras esta realidad histórica no encuentre una nueva traducción social e institucional, la violencia continuará en todas sus formas. El viejo centro de poder, cada vez más cerrado sobre sí mismo, hará responsable a la víctima de su propia opresión. Pero tarde o temprano la democracia representativa dejará paso a la democracia radical de la Sociedad Desobediente. Los gobiernos y los parlamentos del mundo entero —con sus cámaras representando las antiguas clases sociales de lores y comunes— serán a los pueblos desobedientes lo que hoy son los reyes de Inglaterra al parlamento. Oriente se sumará a este inevitable proceso, apenas deje de consumir el discurso antagonista que comparte con Occidente, y se integre a un verdadero diálogo de culturas. La desobediencia, entonces, no estará en la violencia sino en el abandono del odio que tanto trafican hoy quienes se resisten a los cambios. ¿No fue acaso esa, la principal enseñanza social de Jesús —igualdad, fraternidad, liberación, universalidad—, que la política y la Cultura del Odio contradicen en Su propio nombre?

En mi recorrida por el mundo, siempre me sorprendió lo que debía ser lo más obvio: la gente, en sus aspiraciones más profundas, somos radicalmente iguales. Las diferencias culturales, de mentalidades son parte de la riqueza, no parte del problema. Somos iguales porque somos diferentes. Pero sufrimos un defecto universal: antes que el factor común que nos une, vemos las diferencias. Y convertimos estas diferencias en la razón de nuestros odios, de nuestras malditas guerras que benefician siempre a unos pocos en el nombre de muchos.

Jorge Majfud

The University of Georgia, 3 de noviembre de 2006.

 

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artículos y ensayos

Este texto se conserva tal como fue publicado por primera vez en distintos medios de prensa, constando al pie la fecha de su primera publicación.