Las perversiones de un sistema
Cuando el Estado pierde su razón de ser
Uno de los programas de televisión más populares de México, que se transmite por aire en Estados Unidos con altos niveles de audiencia, consiste en la conocida fórmula de una competencia de cantantes amateurs que buscan triunfar e iniciar una exitosa carrera artística. (*) En principio este tipo de propuestas circenses no tiene nada de malo y podríamos decir que la mayoría de los concursantes demuestran talentos especiales para el canto. El problema surge cuando advenimos otra característica común de nuestros tiempos. Al igual que en un ciclo semejante donde los competidores bailaban en lugar de cantar, cada uno lo hacía “por una causa noble”, que además era parte de las reglas de juego: uno necesitaba el dinero del premio para iniciar un tratamiento que le devuelva la vista a su padre, otro para que su hermano paralítico pudiese caminar, otro para que su esposa con un terrible cáncer que le cubre media cara pudiese hacer un tratamiento, etc. Los casos más comunes son los de enfermedades extremas y parte del espectáculo consiste en mostrar a la víctima sufriendo y al competidor y el público emocionándose hasta las lágrimas imaginándose lo buenos, sensibles y solidarios que somos ante la desgracia ajena. Este sadismo morboso, camuflado de sensibilidad lacrimógena, es coherente con la costumbre de las competencias contemporáneas donde ya no se premia al mejor de entre un grupo de cinco o diez concursantes sino que se elige al peor —generalmente usando el democrático voto del público— y se lo humilla sacándolo de la competencia. Como si en un concurso de Miss Universo comenzaran por elegir a la más fea de todas, para verla retirarse desilusionada y humillada bajo el foco de las luces y las cámaras, hasta que al llegar a la más linda el morbo ha anestesiado cualquier expectativa estética y la coronación ya no tiene la importancia que solía tener. Al final, lo mismo de siempre: nuestro capitalismo premia el deseo pero castiga el placer.
En principio uno podría pensar que el programa en cuestión es una forma de ayudar a alguien que de otra forma no obtendría ayuda. De hecho éste es el argumento que se repite desde el centro del escenario. Aún aceptando esta verdad circunstancial, debemos preguntarnos por el fondo del problema. ¿Por qué “de otra forma no obtendría ayuda”? ¿Por qué una persona que está postrada en una cama, sufriendo día a día la tortura de una terrible enfermedad, debe exponerse al público y esperar que su defensor cante mejor que los demás (y que los jueces y finalmente el público se compadezcan de la víctima al tiempo que queden cautivados por la voz del concursante) para poder sobrevivir? ¿No se parece este espectáculo a la antigua y bárbara costumbre de castrar a jóvenes cantores para formar una voz perfecta? ¿O la otra bárbara costumbre de sacar con un clavo los ojos de los pájaros para que no dejaran de cantar en sus jaulas? Parafraseando a Horacio Guaraní, no sin radical escepticismo, habría que recitar:
Si se calla el cantor, calla la vida
porque la vida, la vida misma es todo un canto
si se calla el cantor, muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría
los obreros del puerto se persignan
¿quién habrá de luchar por sus salarios?
Esta es una de las peores muestras de la morbosidad del capitalismo y de la perversión de la masa que aún no sale de su estado de obediencia y consumismo. Aturdidos por el sueño de la “libertad del individuo”, los consumidores somos solo eso: devoradores de productos, educados y anestesiados por el mismo sistema que produce estos circos romanos, donde la crueldad no sólo es parte del espectáculo sino que, para peor, está disfrazada de compasión y generosidad. Un sistema que moraliza y enseña que ese tipo de espectáculos y la limosna final son prueba de la sorprendente bondad humana. Se aplaude la generosidad y la sensibilidad de las donaciones que hará el programa y el canal de televisión a una o a dos de las siete víctimas. No pondremos en tela de juicio su buena fe; pero tampoco vamos a creer que la empresa y sus empleados perderán dinero con este “noble acto”, remendando o disimulando un abismo ético del sistema al que sirven.
Una vez que el cantor que concursaba por una operación en el cerebro de su hermano gana, la esposa agonizante del perdedor debe resignarse a escuchar que de alguna forma la van a ayudar. ¿Entonces para qué el concurso? Se dirá que es necesario para recaudar dinero. Pero este argumento es una nueva prueba de la perversión del sistema (capitalista tardío) y una bofetada en la cara de millones de personas que se creen generosas al votar por uno de los concursantes, dándole una esperanza a uno y sumiendo en la desesperación al otro, quien se lleva su cáncer a otra parte cuando se apagan las luces y con ella la breve memoria de los generosos consumidores. Como esos correos electrónicos que recibimos a diario con imágenes de alguien que parece sufrir una terribles enfermedad (aunque nunca se sabe exactamente quién es ni dato fiable alguno), recurriendo a la caridad para salvar una vida. Como aquel ejército de leprosos que en India nos mostraban sus miembros mutilados y llenos de llagas a cambio de una limosna.
En todo este absurdo no sólo debemos poner el dedo en un sistema decadente sino, en particular, en cada Estado que lo sirve. Conozco la objeción clásica: “¿Por qué siempre hemos de depender del Estado? ¿Por qué esperar siempre del Estado la solución de los problemas sociales e individuales?” Por mí, lo ideal sería que las sociedades no tuviesen que depender de ningún estado, no al menos de ese aparato tradicional, nido del poder vertical y de la corrupción y depositario de las excusas del pueblo. Sin embargo, siempre me ha llamado la atención que quienes hacen este tipo de preguntas como único recurso ideológico, suelen ser partidarios radicales del capitalismo clásico. Me llama la atención, digo, porque entiendo que tanto el comunismo como el capitalismo son sistemas que no sobrevivirían sin la existencia de un Estado central. Refiriéndolo al problema que planteamos al inicio, preguntémoslo: ¿Por qué no recurrir en estos casos al Estado? Si se le exige al Estado que garantice el funcionamiento de las bolsas (para lo cual se invierten recursos astronómicos), de los caminos y las comunicaciones, ¿por qué no se le exigiría que se haga cargo de un moribundo que por su auxilio podría tener una vida rica y plena? La mayor parte de la actividad económica, desde la inútil propagación de llamadas telefónicas a la esposa para avisar que ha vuelto a casa y en ese momento está metiendo la llave en la cerradura, hasta los juegos más banales que se han inventado en la historia, todas tienen por finalidad el desarrollo de un sector de la economía y no precisamente la cobertura de las necesidades básicas de los más necesitados. Prueba de ello son los ineficientes sistemas de salud de países tan ricos como Estados Unidos, donde una parte considerable de la población gasta cien dólares semanales en ropa para su perro y trescientos en una visita al veterinario, y se ofende si uno les recuerda que al sur del río Grande hay niños que gastan menos en un año. Porque ¿cómo es posible que alguien dude de mi sensibilidad si yo cuido a un perro como si fuese una persona?
¿Cómo es posible que un Estado —cualquier estado, en cualquier país— pueda invertir millones de dólares en ornamentación urbana, dilapidar otros millones en propaganda política, tanto más para proteger hoteles y casinos de lujo y no se haga cargo de aquellos ciudadanos que están agonizando con una enfermedad terminal? ¿Por qué una muchacha que puede ver su vida arruinada en una cama si no se opera de la columna o si no le extirpan un quiste en un ojo debe recurrir a rifas, programas de televisión que exponen su terrible caso para conmover a los posibles donantes mientras los Estados observan impasibles o preocupados por el insaciable incremento del PBI? Si el Estado impone un cobro de impuestos para pagar el sueldo a sus burócratas, a sus choferes, a sus servidores de café y, lo que es peor, a sus diputados y cargos de confianza, ¿por qué no habría de imponer otro tanto para salvar vidas caídas en desgracia y sin merecerlo? ¿Por qué un ejército inútil es sostenido por una tributación compulsiva y para salvar a un niño con cáncer hay que recurrir al buen corazón de algún samaritano o a la Iglesia? ¿Tal vez porque dando limosnas al ejército no se gana uno el cielo?
Morirse de cáncer o quedarse ciego por alguna enfermedad reversible puede ser una desgracia circunstancial para cualquier individuo, pero es un hecho regular y constante en cualquier sociedad. Se podría excusar a un gobierno por no prever un terremoto o la explosión de una maldita bomba en un tren, pero ¿cómo excusar a un gobierno y a toda una sociedad por no atender a aquellos miles de inocentes que previsiblemente caen año tras año en desgracia sin ser responsables de ello? ¿Cómo excusar a un presidente y a sus legisladores que están viendo un morboso espectáculo televisivo donde la competencia es entre un cáncer y un tumor, entre una parálisis y una ceguera, complacidos por la bondad de su pueblo que a través del pago de publicidad de otros productos financian la rehabilitación de uno de ellos? Y obsérvese que no les da el coraje para poner en competencia a un niño desnutrido, porque candidatos les aseguro que no faltan en nuestra sufrida América. O porque quizás el premio sería un plato de comida diario, y lo que necesita el espectáculo es una operación de cincuenta mil dólares, un verdadero esfuerzo que revele la gran fuerza del pueblo cuando se une por una causa noble.
Es en estos momentos cuando la gastada palabra “solidaridad” termina de naufragar. Porque no es la solidaridad de las limosnas las que hacen una sociedad virtuosa sino la solidaridad de un sistema que prioriza la vida de sus habitantes antes que el lujo o la conveniencia de un supuesto crecimiento económico. Porque luego viene el crecimiento construido con este tipo perverso de moral cívica y cuando podemos disfrutar de él estamos tan corrompidos que en lo único que pensamos es en perpetuar los vicios que nos llevaron al éxito.
© Jorge Majfud
The University of Georgia, junio 2006.
(*) “Cantando por un sueño”, Televisa-
Tranchées d’idées
Jorge Majfud
Université de Géorgie
En 1891, le grand José Marti écrivit une des phrases les plus répétées à ce jour
: “ Des tranchées d’idées valent plus que des tranchées de pierre “. Sans doute,
c’était une phrase idéaliste, propre au XIX è siècle, née au siècle passé sur les
pierres de la force et de l’autorité. Rien de plus démocratique et d’anti-
Mais, maintenant, à notre époque, la prérogative de bâtir des « tranchées d’idées
» commence à être une gêne pour une mentalité philosophique : c’est le symbole le
plus parfait du combat idéologique. Les peuples, qui se sont élevés au-
Le penser de notre temps est réduit presque exclusivement au penser politique. Ce
spectacle, que donnent les parlementaires du monde entier ( institutions qui, si
elles ne sont pas vues aujourd’hui comme anachroniques, c’est à cause du poids d’une
tradition héroïque ) est répété tristement par les intellectuels et par les académiques
du Nord et du Sud. Inversant l’aphorisme de Hobbs, nous pourrions dire que la politique
est la continuation de la guerre par d’autres moyens; rien de cela n’a à voir avec
la recherche de la vérité. Envisagé de cette façon, le débat verbal est absolument
inutile à l’élaboration de la pensée; cela peut seulement servir à gagner ou perdre
une position d’intérêt, comme celui qui résout une équation se battant en duel au
champ d’honneur. Alors, jusqu’à un cadavre lancé par la barbarie d’une dictature
peut servir comme argument en faveur de la théorie du libre marché ou du matérialisme
dialectique. Dans la Grèce antique, il y avait un sport dialectique qui était, à
tout le moins, plus conscient et plus honnête: les participants se divisaient en
deux groupes et, par la suite, s’assignaient les vérités que chaque groupe devait
défendre. Le triomphe ne dépendait pas de la proposition assignée mais de l’adresse
discursive de chaque groupe, et, ce que l’on récompensait était cette dernière et
non la proposition elle-
Mais la politisation de la vie, peut-
Le marché idéologique, à ce jour, est le produit d’une surconsommation semblable
à celle des savons ou des automobiles. Fréquemment, les intellectuels ne se gênent
pas pour se mettre au service d’une droite ou d’une gauche clairement définie. Tout
au contraire ; à plus forte raison si elle est mieux définie, parce que cela est
la loi même de la consommation : le produit doit être facile à obtenir et le confort
un effet immédiat. Même les activités des néo-
Tout est politique mais la politique n’est pas tout. Tout ce que nous faisons ou disons a une implication politique, mais nous sommes plus que la politique. Tout ce que nous faisons ou disons a une implication religieuse, mais nous sommes plus que religion. Tout ce que nous faisons ou disons a des implications sexuelles, mais nous sommes plus que sexe, plus qu’érotisme. Nier une dimension de la complexité humaine est de la simplifier; aussi la réduire à une de ses multiples dimensions est une simplification, non moins grave.
Dans la lutte politique permanente on méprise aussi, comme dans le fanatisme religieux, la réflexion sur la condition humaine. De penser à la condition existentielle de l’individu est vu comme une trahison envers la société, envers les opprimés. Mais moi je vous dis qu’il y a une trahison pire encore qui est de ramener l’être humain à un combattant idéologique. Pire, les philosophes de notre époque, fréquemment, sont reclus dans des académies, compétitionnant avec les critiques, oubliant que plus important que l’histoire de la philosophie est la philosophie même: le penser. Ils oublient qu’un philosophe n’est spécialiste en rien. Le philosophe fuit la spécialisation ; sa tâche est beaucoup plus ardue et risquée. Sa tâche est, précisément, de rompre les tranchées d’idées afin d’en voir le dehors. Et oser le dire, d’une façon erronée ou non, au risque que ses camarades renforcent encore plus la muraille – d’idées – qui les sépare du reste du monde.
Jorge Majfud
Université de Géorgie
Février 2006
Traduit de l’espagnol par :
Pierre Trottier, février 2006
Trois-

artículos y ensayos
Este texto se conserva tal como fue publicado por primera vez en distintos medios de prensa, constando al pie la fecha de su primera publicación.